viernes, 16 de mayo de 2008

Rocío de los prados



No nos encontraremos tú y yo
No nos
encontraremos ya más
en el solsticio de invierno
no nos
encontraremos nunca más
nunca más

Oscar Hahn

domingo, 11 de mayo de 2008

Coloane

Se dice que un buen relato es el que deja un par de imágenes grabadas a fuego en la mente del lector. El cuento “Cinco marineros y un ataúd verde” del escritor Francisco Coloane proporciona una de las imágenes mas poderosas que un narrador chileno ha podido plasmar en un cuento. La insólita visión de cinco marineros transportando un ataúd de color verde, para llevarlo a un cementerio en una de las ciudades mas australes del mundo, sin transeúntes y en medio de un paisaje tan desolado y frío que aplaca el alma.
Es sin duda una imagen que no deja de sorprender y que son descritas como inolvidables por el lector dotado de una razonable imaginación.
Francisco Coloane nació en el pueblito de Quemchi, en la isla de Chiloe en 1910.
Antes de convertirse en el escritor dotado de una imaginación tan excepcional, que lo llevo incluso al premio Nacional de Literatura, Coloane se dedico a los mas variados oficios en los paisajes australes que llegó a conocer como pocos.
Fue pastor en una de las grandes haciendas de Tierra del Fuego, buscó petróleo en las frías aguas del estrecho de Magallanes, vivió y hasta se convirtió en un cazador de focas en los estrechos canales del sur, ahí donde el territorio se dispersa como un espejo quebrado en mil fragmentos.
Es en estas desoladas regiones donde se ambienta la acción de sus relatos y donde el escritor crea la particular atmósfera de sus cuentos. No le pedimos a un escritor que nos cuente lo que ha visto, pero Coloane convierte este elemental hecho en su mejor arma al momento de narrar. La precisión de su prosa es producto de la propia vida, de sus correrías y aventuras en la región austral.
Los elementos esenciales de un buen cuento están dosificados con armonía, de forma clara y sencilla en la prosa de Coloane.
El latido, el pulso narrativo esta dado en sus relatos por la singular y estrecha relación que une al individuo con el majestuoso escenario de las regiones australes de Chile.
Obligado a luchar contra el inclemente y soberbio paisaje, el hombre se convierte en un gigante que debe agotar sus recursos para sobrevivir en medio de tanta soledad y las crueles condiciones a que obliga la vida en esos parajes.
No es casual entonces que en sus relatos pululen bandidos, cuatreros, inescrupulosos cazadores de focas, mercenarios europeos atraídos por el brillo del oro en los lavaderos de tierra del fuego, presidiarios sanguinarios escapados de Ushuaia; la cárcel mas cruel en el confín del mundo, mestizos e indios obligados a las peores faenas en las estancias magallánicas, esforzados pescadores desafiando día tras día uno de los mares mas turbulentos del planeta.
Pero Coloane no se queda en esto, crucial es en sus relatos la creación del clima.
El lugar donde respiran sus personajes esta descrito magistralmente, sin decorados ni distracciones de ningún tipo, con un equilibrio y claridad que son un ejercicio brillante de destreza narrativa, el escritor deja solo lo esencial para la comprensión del relato.
Tomemos este ejemplo de “Cinco marineros…”: “Las calles estaban nevadas y los marineros tuvieron que marchar con cuidado, pisando inseguros, lo que le daba un cierto vaivén a sus hombros y al ataúd, cuyo verde color hacia recordar un trozo de mar llevado en hombros de esos marineros”, solo basta esta frase resaltada para comprender de un plumazo la desolación y tristeza del momento descrito.
Es difícil resistirse a la lectura de sus cuentos, Coloane atrapa desde la primera línea.
“Entre ola y ola nuestro barco se recostaba como un animal herido en busca de una salida a través de ese horizonte de lomos movedizos y sombríos”.
Pero comenzar de manera tan eficiente obliga a mantener la tensión en el relato, y mucho mas a concluirlo de igual forma.
Un cuento no puede desmayar durante su proceso, cosa que la novela puede y debe permitirse.
Coloane ha sido llamado el Jack London chileno, quizás por la relación entre el hombre y su entorno, que también es una de las claves en la obra del escritor ingles.
Hay otro detalle que dota de esa belleza tan característica a los relatos del narrador austral, lo bellos nombres de esas regiones frías aportan resonancias misteriosas y secretas, nombres que evocan olvidadas gestas, rodeadas del halo de peligro y audacia que tanto atrae al lector de aventuras.
Nombres hermosos, estremecedores, enigmáticos (el seno de Ultima Esperanza, Puerto Consuelo, bahía Soberanía, Punta Calvario, Golfo de Penas, Puerto Edén, Islas Desertores, Isla Perpetua…) lugares donde solo habitan desertores y traficantes de pieles.
También están los extraños nombres de la jerga marinera, que abundan en sus relatos sin impedir la naturalidad de la narración, la descripción de los elementos marinos (Caña de timón, estar a la cuadra, esquife, eslora, pescantes, escandallo, amura de babor, singladuras, cofa, chalana…etc.) ayudan a dar el tono tan particular y ese sello inconfundible en su obra. Estos argumentos predisponen desde ya a la aventura de sumergirnos en sus libros, una invitación extendida con estas palabras resulta imperdible.
Se ha dicho que Coloane es de escritura fácil, que no es un “esteta”. Argumentos simples, sin asidero. Coloane es un esteta, y creo una estética tan original dentro de las letras chilenas que ya no será igualada. Sus relatos pertenecen a un mundo donde aun existían regiones inexploradas, un mundo habitado por la crueldad del hombre contra su entorno.
Su “escritura fácil” ha logrado crear imágenes tan perdurables en la mente de los jóvenes, que aun siguen provocando un ligero temblor en los que se atreven a iniciar la lectura de sus soberbios cuentos.
Coloane fue póstumamente reconocido en Europa, se le lleno de elogios y premios.
Después de una vida dedicada al arte de narrar la vida en la parte mas extrema y olvidada de nuestro país, de ser un luchador incansable de la dignidad del hombre, de quedarse en nuestro país en los oscuros días de Pinochet, liderando la lucha por los derechos humanos, de ser un sobreviviente a la nueva crueldad que se impuso esos días, su obra renace para los lectores del viejo mundo con la fuerza de una tempestad, el choque de dos océanos en el estrecho de Magallanes.
Una anécdota lo retrata de cuerpo entero.
En una entrevista para la televisión francesa poco antes de su muerte, pude ver al imponente escritor, con su alta figura barbuda, de capitán de navío ballenero, relatar con total tranquilidad la manera correcta de capar un corderito con los dientes. En gestos bastante gráficos el escritor explicaba al publico francés la técnica para cortar la membrana escrotal del animalito, evitando que este se desangre. Para luego beber ese liquido oscuro, aun tibio.
Me reí un buen rato de solo imaginar las expresiones de los franceses ante la escena.
Y me sentí orgulloso de saber que ese anciano de blancas barbas es nuestro, es chileno y uno de nuestros escritores mejor dotados.

miércoles, 23 de abril de 2008

Un amor trágico en París, vida de Modigliani

El 25 de enero de 1920, una mujer en su último mes de embarazo, una joven y bella mujer, se lanza al vacío desde la habitación que ocupaba junto a sus padres en Paris.
Jean Hebuteme decide terminar de esta manera con su vida, luego de enterarse que su amante y el padre de la criatura que llevaba en el vientre, había muerto el día anterior, aquejado por la tuberculosis.
Amedeo Modigliani había ingresado a la inmortalidad, sin adivinar el triste fin de su amada Jean. En la más absoluta miseria, el cronista de los barrios de Montmartre y Montparnasse se despedía para siempre. Jamás se enteraría de que su obra estaría entre las más cotizadas en el arte del siglo XX, y que su nombre quedaría inscrito para siempre como uno de los grandes maestros de la modernidad clásica. La leyenda trágica del gran solitario comenzaba

En los primeros años del siglo XX, París era la capital del mundo, la ciudad exhibía orgullosa sus bulevares diseñados por el brillante arquitecto Haussman. Iluminada por 10.000 faroles y más de medio millón de bombillas, la reciente energía eléctrica convertía a París en la ciudad Luz. En 1900, sus habitantes inauguraban la Feria Mundial, irradiando conocimiento sobre el planeta.
Antes de la guerra, París era el lugar de encuentro de personalidades fascinantes de diferente procedencia. Los barrios pobres de Montmartre y Montparnasse se convirtieron en una colmena donde habitaban literatos, músicos y pintores venidos desde todo el mundo. Pronto estos barrios que habían sido inmortalizados por Toulouse Lautrec volvieron a renacer de la mano de artistas como Picasso, Juan Gris, Chagall y varios otros que dieron nueva vida a los cafés y teatros de estos barrios bohemios, llenando el ambiente de intelectualidad.
En este escenario se gestaba la segunda etapa de la modernidad. Los tres postimpresionistas fundadores de la época moderna: Van Gogh, Paúl Gauguin y Cezanne, habían muerto hacia poco.
El estado francés adquiere ese año la obra “El almuerzo sobre la hierba” de Edouard Manet, que había sido acusada el año 1863 de escandalosamente moderna. El ambiente estaba preparado para las nuevas tendencias, la modernidad se respiraba en cada esquina.
Este es el escenario al cual llega el pintor italiano Amedeo Modigliani en 1906.
Modigliani había nacido en el seno de una familia acomodada en Liorna, en la provincia de Toscana, el 12 de julio de 1884.
Su madre era una amante de la literatura y hacía traducciones de los poemas de D´annunzio. Criado en un hogar culto, el pequeño Amedeo se mueve entre los libros y el arte.
A los 14 años enferma de tifus y decide en ese instante convertirse en un artista.
Se matricula en la escuela de arte de Liorna, y desde ese momento no escatima salud ni enfermedad para lograr su obra. Su formación transcurre entre joyas del arte, recorre Italia absorbiendo toda la belleza y genialidad de los pintores italianos.
En Venecia se inscribe en la “Scuola libera di nudo”, en Florencia y en Roma el joven artista se empapa de belleza y estudia el arte de su país natal.
Esta es la base de su estética, sin realizar trabajos propios durante esta época, se limita a admirar las formas llenas de belleza y armonía del periodo clásico. Lo que ve, se convertirá en modernismo clásico, una versión elegante y estilizada unida a las nuevas tendencias, conformaran su sello personal.
Picasso inauguraba el cubismo, con las Desmoiselles d´ avignon.
La vanguardia comienza con esta pintura, y pronto Picasso será seguido por otros artistas.
Modigliani instalado ya en París, se dedica a pintar retratos de sus conocidos mientras deambula por los bares y cafés de Montparnasse, convirtirtiendose en una figura popular y querida.
El antiguo arte del retrato estaba en retirada, debido en parte a la evolución de la fotografía, por lo que la pintura perdió algo de su función representativa. Amedeo será el único autor de la modernidad clásica que retoma esta antigua disciplina, convirtiéndose en un cronista certero del París anterior a la guerra.
La función de un retrato es revivir a una persona, a condición de un cierto parecido. El artista se funde con el retratado, alimentándose mutuamente. Modigliani a través de los años llegará a desarrollar un fino sentido estético en este arte, que serán su sello personal. Los ojos almendrados, en ocasiones asimétricos, pero que sin embargo no dejan duda sobre el estado de animo del representado, la elegante estilización de los rostros, la grafía pictórica aprendida de los maestros renacentistas. Modigliani coloca el nombre de los representados en una esquina del cuadro, con particulares letras desiguales, poniendo con este sencillo acto distancia entre el retratado y el artista.
Modigliani les vacía un ojo, les alarga el cuello, los deforma con elegancia, deja en evidencia la asimetría de los modelos, y aun así son perfectamente reconocibles. Así los ve, así los pinta, embelleciendo sus defectos, estilizándolos. Con el tiempo privilegiara la fisonomía por sobre el carácter de los retratados.
Pero finalmente todo cambia, estalla la guerra y la sucesión de tragedias cambia la vida de todos en París. Enrolamientos, emigración, huida. Modigliani se queda en París, se supone que fue rechazado en las filas, debido a sus pies planos, y vuelve a retomar el óleo, que había abandonado durante un tiempo, dedicado a al escultura.
Es durante los primeros años de la guerra que su fama de gran solitario se acrecienta.
Podemos imaginar al pintor, en un París vacío, bebiendo y pintando todo el día. Existe una seción de fotografías en la que el pintor aparece paseando junto a un grupo de artistas en la rotondé de Montparnasse, en plena guerra.
Beatrice Hasting, una periodista londinense especializada en arte, describe su encuentro con un Modigliani sucio y feroz, un bohemio fatalista, pero que unos días mas tarde vuelve a encontrar, esta vez afeitado e irresistible, un cerdo y una perla dirá la escritora más tarde. Seducida por el pintor, vivirá con él un tormentoso romance.
A pesar del alto grado de estilización, Modigliani no es aceptado entre los artistas de primera línea, y sin embargo, todos le conocen y se dejan retratar por el.
Gracias a Max Jacob conoce al marchante en arte Paul Guillaume, que posee una galería en donde exponen artistas rusos. Guillaume se convertirá en su mecenas más importante, a pesar de lo cual nunca le organizó exposiciones individuales. Pero le compra y vende sus cuadros, dando su apoyo decidido al artista. Luego conocerá a Leopold Zborowski, quien será su más grande admirador y se convertirá en su mejor amigo, hasta el final. Se dice que era Leopold quien le contrataba las modelos y le compraba el óleo necesario, como un gesto de ayuda altruista.
En diciembre de 1917, Modigliani tuvo la única exposición individual de su vida, realizada en la galería de Berthe Weill, amiga de Zborowski. Allí expuso sus ahora famosos desnudos, mujeres levemente ensoñadoras, con los ojos entornados, reposando gráciles en amplios divanes.
La leyenda cuenta que Modi (así le llamaban sus amigos) no solo se limitaba a su papel de retratista, sino que terminaba con sus modelos en el mismo lecho donde las pintaba, historias como esta elevaron al pintor a la categoría de mito desgraciado, sus relaciones turbulentas, el uso de drogas y su alcoholismo lo convirtieron en un icono del artista mujeriego y lleno de excesos, una cualidad de los espíritus altamente apasionados.
Estos detalles parecen contradecirse con su obra, un trabajo elegante y una obra dedicada y comedida, en contraste con su vida desenfrenada.
Sus desnudos alcanzaron la mayor estilización en su obra, fruto de una mirada educada en la historia del arte, que venia desarrollando desde sus escapadas por Italia durante su juventud.
Sus desnudos son un ejemplo de sobriedad y atención sobre la forma, los frágiles cuerpos de color anaranjado, dibujados cuidadosamente, formando el contraste con la sobriedad del fondo, el espacio en que reposan es de una tranquila sencillez, apenas una sabana, a veces un gran cojín son todo el decorado de sus pinturas, que impiden distracciones y nos obligan a concentrarnos sobre esas delicadas mujeres.
Estas mujeres se proyectan al espectador con los ojos muy abiertos y en ocasiones entornados, reflejando una sutil lujuria.
Modigliani nos muestra su mundo interior, mientras el real se desgarra en una terrible guerra, el nos muestra esos delicados cuerpos descansando ensoñadores y relajados, ajenos a la carnicería que se vive en las trincheras. Son un duro contraste frente a los miles de heridos y mutilados que llegan cada día desde el frente, es su forma de enfrentar la barbarie diaria, y su propia destrucción. Su salud ya en ese tiempo no anda del todo bien y el la enfrenta a esos cuerpos sanos e ilesos.
Dedicó todo el año 1917 a pintar estas obras, y solo volvería al tema en forma esporádica.
Durante 1918, París sufre el cuarto año de guerra, la población es evacuada y se restringen los suministros. Todo el mundo abandona la ciudad, también el pintor, acompañado del matrimonio Zborowski y de una joven estudiante de arte, Jean Hèbuterne, una joven de exótica belleza. Quienes la recuerdan la describen así: Suave, callada y frágil, un poco depresiva.
Obligado a una estancia en la Costa Azul, Modigliani pinta ahí sus obras más populares y cotizadas. Son retratos de gente anónima, campesinos, mujeres de mundo y criadas delgadas, y por supuesto a su nueva musa. Jean es retratada durante este periodo unas 25 veces, en una etapa que abarca los dos últimos años del pintor.
La forma de pintar en este tranquilo retiro se transforma, el particular colorido, otro de los sellos inconfundibles en la obra de Modigliani, se hace más claro y luminoso.
Durante su estancia en Niza, Jean da a luz a la pequeña Jeanne, quien más tarde se convertirá en la más destacada biógrafa de su padre.
El artista que dedico su vida a representar a otros, solo se retrato en una ocasión, en 1919. Se le puede ver mirando al espectador, con la mirada entornada y vaga, vestido con una chaqueta de paño café y un gran pañuelo alrededor del cuello, y en su mano derecha la paleta con los colores que caracterizaron sus últimos años, una paleta de alegres colores que sin embargo no eran los de su estado de animo.
Se ha dicho que fue el gran pintor del dolor, pero lo cierto es que Modigliani vivió en consecuencia, una vida desenfrenada y libre, llena de pasiones y amores, pero sobre todo, dejando tras de si una obra inmortal y maravillosa.
El 24 de enero de 1920 muere en la Charité de París, a consecuencia de la tuberculosis, su cuerpo descansa en el celebre cementerio de Père Lachaise, junto a su amada Jean.

domingo, 13 de abril de 2008

Romeo Murga, el poeta adolescente

El joven que aparece junto a Neruda en la sórdida pieza que vemos en la fotografía, es Romeo Murga, el poeta adolescente.
Esa miserable habitación representa el mundo de los poetas de la generación literaria de 1920, ahí están dos de aquellos jóvenes poetas de ese tiempo, las dos caras de una época única en la poesía chilena. Neruda, la cumbre de esos escritores y Romeo Murga, el poeta arrebatado por la muerte demasiado temprano.
Al ver esta imagen, que nos parece tan lejana, no podemos dejar de preguntarnos si esa miserable pieza es la de Maruri, la pensión de pobre inmortalizada en Crepusculario, “la del maravilloso crepúsculo de cobre”, o quizás la paupérrima habitación de García Reyes, cercana a la escuela de pedagogía en Cumming esquina Alameda.
Romeo Murga nace en 1904, en Copiapó. En 1920 realiza el viaje bautismal de los adolescentes provincianos a santiago. Viene a convertirse en maestro y se inscribe en la escuela de pedagogía, lugar en que se estaba gestando la generación de recambio en la poesía de nuestro país. Ahí conoce a los espíritus cercanos, los inolvidables amigos y compañeros junto a los cuales dejaría una huella imborrable en la historia literaria de Chile: Pablo Neruda, Armando Ulloa, Rubén Azocar, Eusebio Ibar, Víctor Barbieris, Yolando Pino Saavedra y varios mas.
Pronto se revela dueño de una sensibilidad poética singular y fina, Sus versos contenidos y dignos, su poesía solemne y medida, eran el reflejo de su propia melancolía. “Alto, excesivamente delgado, de rostro moreno, pálido y de ojos verdes. Hablaba poco, reposadamente, preocupado de algo que no era de este mundo” así lo describe el escritor Gonzáles Vera. Pero todo contrastaba con la desbordante pasión que sugería veladamente en su poesía, la lucha entre sensualidad y castidad, una característica del poeta Paúl Verlaine, y que Murga tomaba adaptándola a su obra. Era ligeramente triste, callado y melancólico, imagen que corresponde, convencionalmente por cierto, a lo que debía ser un poeta.
Eran los años de algarabía estudiantil, de huelgas y discusiones políticas, de la mítica revista “Claridad”, fundada por el también legendario Alberto Rojas Jiménez. Igualmente era el tiempo en que la bohemia se vivía cada día y cada noche en el “Zum Rheim”, en el “Hércules”, en la “Ñata Inés”, y en muchos bares y tabernas que ya entraron en la historia literaria de chile y que son parte importante para comprender el modo en que inventaron una generación marcada por la amistad y la muerte, ligada íntimamente a la noche y los excesos.
Muy pronto Romeo Murga comienza a escribir en las revistas de la época, particularmente en “Claridad”, donde participaban la mayoría de sus amigos. Traducciones, critica, poesía. Por las noches bohemia y fraternidad, junto a esa generación consumida por las pensiones y dilapidada en los bares. Pero algunos poetas llevan estampada en la frente la palabra mala suerte, con caracteres invisibles, y varios de ellos fueron silenciados por el alcohol y la miseria.
“amar, leer, escribir” estas eran las palabras con que suplían sus escasos y frágiles momentos de alegría, sabiendo que no podían pedir mas, solo entregar su profunda sensibilidad.
“mis alegrías nunca las sabrás hermanita, y mi dolor es ese, no te las puedo dar: vinieron como pájaros a posarse en mi vida, una palabra dura las haría volar” escribe Neruda en ese tiempo.
En 1923 Romeo Murga obtien el primer premio en la fiesta de la primavera, por su “Poema de fiesta”. Un triunfo en sus últimos años de estudiante y en el comienzo de su labor como profesor en el liceo de Quillota, su vuelta a la provincia.
El profesor adolescente enferma de tuberculosis (enfermedad que se había convertido en el flagelo clásico de los poetas) mientras cumple su labor en Quillota.
Obligado por el padecimiento debe abandonar el puesto y busca mejores aires en el apacible pueblito de San Bernardo. Se instala junto a su madre y hermana, que le demuestran verdadera devoción y lo cuidan con esmero.
San Bernardo a esas alturas tiene una innegable connotación literaria, unos años antes de la llegada de Murga, se había instalado una colonia “Tolstoiana”, liderada por Manuel Magallanes Moure. También el maestro del cuento social, Baldomero Lillo, había llegado a morir entre su gente
“Mi madre esta diciendo que me muero de fiebre / no es verdad, hoy he viajado por ciudades remotas / quizás dentro de poco mi espíritu se quiebre / por este mar donde llevo mis alas rotas” así escribe el poeta durante su convalecencia.
Estremece oírlo hablar así en su enfermedad, en sus ultimas fuerzas recuerda al “albatros” de Baudelaire, espejo de los poetas que quieren abandonar un mundo donde no tienen cabida.
El poeta adolescente esta muriendo, y su poesía sigue siendo el mismo canto esencial que revolucionaron la poesía moderna, los temas eternos: el amor, los celos, la muerte. que tomara de la inspiración de Rimbaud y Baudelaire.
La hermana relata sus últimos momentos, nos cuenta que esperó tranquilo el fin, dictó sus últimos versos y aceptó una muerte que no ambicionaba, pero que finalmente vendría a poner fin a sus desgracia. Una muerte digna de un poeta, de un ser que apareció silencioso entre su generación, iluminando por un breve instante con la lámpara de sus versos la vida de aquellos jóvenes marcados por el infortunio y el desconsuelo.
Romeo Murga aun no cumplía los 21 años cuando se extinguió su canto, el 22 de mayo de 1925, una tibia tarde de otoño, la estación amada por el poeta adolescente.
El escritor Ángel Cruchaga lo recuerda y rinde un homenaje elegiaco, en uno de sus “poemas al pueblo de san bernardo”
“aquí vino a morir Romeo Murga, / pálido joven de cristal herido. / aquí oyó un horizonte / de pájaros creando la mañana/ y entre sus manos la canción caía/ como calida esencia derramada.”
21 años después de su muerte, su hermana Berta, depositaria de su obra, decide publicar su obra fundamental, “El canto en la sombra”. Por este libro podemos medir el alcance de la poesía de Romeo Murga, entrar en su mundo y ver el mundo desde su estetica, palpar el clima de esos años con la melancolía de un poeta adolescente, y sentir por única vez, como fueron esos años de privaciones, donde se desarrolló la poesía mas cercana al ideal romántico en nuestro país.

“toda mi poesía, oh amada, no es mas que eso/ el vasto nombre ardiente de amor con que te llamo. / Estas en mis cantares, bella y eterna y sola. / mostrando tu divino modo de ser hermosa. / ¡las que se inclinen sobre mi río de canciones/ solo verán al fondo tu imagen temblorosa!"

Mi voz no es mas que el eco” de El canto en la sombra

domingo, 30 de diciembre de 2007

Nancy Cunard, Una femme fatal en Chile

El mito de la mujer fatal, la vampiresa de entre guerras, tuvo su inspiración en una aristócrata inglesa. La aventurera recreada por el cine y la literatura, musa de los movimientos artísticos mas importantes del pasado siglo, tuvo un pequeño y desconocido paso por nuestro país. Esta es parte de su historia.

“Si usted, blanca señora, o mas bien los suyos, hubieran sido secuestrados, golpeados y encadenados por una tribu mas poderosa y luego transportados lejos de Inglaterra para ser vendidos como esclavos, mostrados como ejemplo irrisorio de la fealdad humana, obligados a trabajar a latigazos y mal alimentados. ¿qué habría subsistido de su raza? Los negros sufrieron estas y muchas mas violencias y crueldades. Después de siglos de sufrimiento, ellos, sin embargo, son los mejores y mas elegantes atletas, y han creado una nueva música mas universal que ninguna. ¿Podrían ustedes, blancos como lo es usted, haber salido victoriosos de tanta iniquidad? Entonces, ¿quiénes valen mas?”.

Estas líneas estaban incluidas en un folleto de tapas rojas titulado “Negro man and white Lady ship” que fue enviado en navidad a los representantes de la aristocracia londinense de los años treinta. Las escribió Nancy Cunard como respuesta a su reciente expulsión de la familia por parte de su madre, al enterarse de su fuga junto a un músico negro importado recientemente por el Hotel Savoy, junto a una de las primeras bandas de Jazz. Esta fue la forma en que esta quijotesca mujer se vengo de la sociedad londinense de la década del treinta. ¿Pero quien fue Nancy Cunard?
Heredera de uno de los imperios navieros mas poderosos de la época, la Cunard Line. Nancy paso su infancia rodeada de los intelectuales que acudían a las tertulias organizadas por su madre, que pertenecía al circulo intimo de Eduardo VIII y Wallys Simpson. Veladas a las que asistían el joven Aldous Huxley, el famosos director Sir Thomas Beecham (amante de su madre) y el que se rumoreaba era su verdadero Padre, Georges Moore.
Aldous Huxley sucumbió a la misteriosa belleza de Nancy y la convirtió en su obsesión. La transformo en la antiheroina de varias de sus novelas, despechado por el rechazo de la aristócrata. La inglesa desterrada estuvo destinada a formar parte de la decadente sociedad londinense, pero decidió hacer el transito por la vidad desheredada y valiente, comprometiendo su existencia donde hubiera injusticia y dolor. Asi es como se traslada a Norteamérica con su amante de color, decidida a solidarizar con los muchachos negros de Scottboro, acusados de infamias que no cometieron, condenados por la justicia racista americana. Nancy debe huir nuevamente, expulsada por la policía.
La volvemos a encontrar en el verano y el otoño de 1939, en su primer viaje a España en plena guerra civil, como corresponsal de la “Associated negro press”. Aquí encontró dos amistades que se mantendrían largamente.
Una con Ángel Goded, portero del hotel Majestic de Barcelona y la otra con Pablo Neruda, cónsul en Madrid.
George Orwell se encuentra también por esa época en la capital española, donde describe la atmósfera de igualdad, en donde los mozos y los dependientes enfrentaban las miradas de igual a igual. La misma atmósfera que describe Hemingway en sus inolvidables relatos sobre la España republicana, (“Por quien doblan las campanas” y Muerte en la tarde”). La aristócrata inglesa se encuentra en su elemento. Conocidas son sus preferencias por gondoleros, empleados de hotel, taxistas y por los artistas.
Ella encontró al plebeyo cónsul chileno infinitamente mas simpático que al cónsul de Gran Bretaña. Lo sintió un ser calurosos que amaba la buena mesa, el vino y las mujeres. Neruda, que en esa época tiene 32 años, ocho menos que Nancy, le presenta a sus amigos poetas españoles: García Lorca, Rafael Alberti, Raúl Gonzáles Tuñon, Cernuda, Vicente Alexaindre y toda la pleyade de escritores defensores de la republica quedan extasiados ante la belleza e inteligencia de estas mujer maravillosa, que a los treinta años había causado las mismas reacciones sobre los surrealistas.
La mujer cosmopolita que había saboreado las corrientes artísticas de su época como nadie. Se extasió con el cubismo, las esculturas de Epstein, con Stravinski, los ballets rusos, el jazz americano. Discutió con T.S. Elliot, coqueteo con Louis Aragón, que incluso casi termina con su vida, enloquecido por la aristócrata errante. El poeta francés la coloca como protagonista de su novela “Blanca o el olvido”, y se enamora de Nancy de manera demencial. La amenaza con matarse si no es correspondido. Ella lo exhorta a quitarse la vida, agregando de que quedaría muy sorprendida si tuviera el valor de hacerlo. El se va a un hotel e ingiere una cantidad fuerte de somníferos. Vuelca su sentimiento en el “Poema para gritar en las ruinas”.
Ahora se encuentra parada en el ojo de una tormenta de sangre, La guerra civil española. Se da cuenta de que debe tomar parte, y logicamente se opone al fascismo.
Neruda es despedido de su cargo diplomático, al dar apoyo publico a los republicanos. Inmediatamente se pone en acción con sus amigos. Debía defender la causa de la republica con todos los medios.
Pronto se traslada junto a Nancy Cunard a la pequeña casa que esta posee en la campiña francesa, donde tiene una pequeña imprenta tipográfica.
Neruda, que siempre quiso ser tipógrafo, recordaría su impericia como cajista, donde transformaba las letras. Así la palabra parpados se convertía en dardapos, al colocar las “p” al revés en la caja de composición. Nancy, años después, le escribe desde Londres, burlándose, “Mon cher dardapos”. En 1936 apareció, dirigida por nuestro poeta y Nancy Cunard, la revista “los poetas del mundo defienden al pueblo español”. Cada numero contenía poemas de los variados intelectuales y amigos de todo el planeta.
La revista fue un ejemplo seguido en varios países y el dinero recolectado fue destinado a la causa republicana. Pero la balanza de la guerra ya se estaba inclinando del lado del fascismo. El corazón del pueblo fue acuchillado, el poeta granadino Federico García Lorca había sido fusilado por los soldados franquistas, luego moriría el campesino de Orihuela, Miguel Hernández, en una cárcel madrileña. Picasso, desde Paris, inmortaliza el horror de Guernica, pueblito devastado por las brigadas condor nazis.
La causa que había ejercido un magnetismo sobre poetas y artistas del mundo, moría estrangulada por el fascismo. Comenzó la persecución franquista, Neruda organiza el viaje de cientos de perseguidos, en lo que el ha llamado la causa mas noble de su vida, el viaje del pequeño barco “Winnipeg”, repleto de refugiados españoles, hacia el amparo del gobierno de chile y el presidente Pedro Aguirre Cerda.
Nancy Cunard también viaja a chile, con una visa conseguida por su amigo Neruda. Después de una travesía de cinco semanas, la escritora inglesa desembarca en Valparaíso. Viene acompañada de un joven torero.
La aristócrata que bebió con desenfreno la bohemia londinense, en los altos y bajos fondos de la city retratada por Dickens, sigue bebiéndola en nuestro país, pero ahora en las picadas de la calle san Pablo y Bandera. Aquí juguetea con el ratón agudo, amigo de Neruda, sin comérselo.
El joven torero la abandona al poco tiempo y se instala con un local de salchichas y embutidos. Nancy toma por amante a un desdentado poeta provinciano, borrachín empedernido que la golpea con regularidad británica, lo que la obligaba a presentarse con gafas oscuras durante el día.
Su paso por nuestro país duro veinte meses, en los cuales revoluciono el ambiente de la época.
La mujer fatal de entre guerras viaja por el mundo provocando escándalo con su sexualidad exhibicionista, sus pugilatos, sus borracheras en publico. Peleaba donde podía con la policía, causando espectáculos callejeros.
Siguió escribiendo apasionadas denuncias dirigidas a jefes de estado, acusando cualquier injusticia en el mundo.
Pronto viene una reclusión en el hospital Saint Clemens, del East End en Londres, consigue salir pronto pero es encerrada nuevamente.
Las crisis se agravan con el tiempo.
Estaba perdiendo la razón, deliraba.
Durante el ultimo año de su vida pesaba 26 kilos. Hablaba sin parar, haciendo reminiscencias de sus antiguos amores. Su antiguo enamorado, Louis Aragón, sale en defensa de la mujer por la cual intento suicidarse.
En la ultima época de su vida, arrienda un miserable habitación en un hotel parisino de ínfima categoría. Los clientes que subían por las escaleras la encontraban sentada en los peldaños. Se detenía a tomar descanso para el alucinante viaje a su habitación en el tercer piso, que demoraba dos horas.
Ella los acosaba con preguntas. “¿Conocen a Pablo Neruda? ¿Piensan ustedes que obtendrá el premio Nobel este año?”. Luego les pedía averiguar si Samuel Beckett estaba en la ciudad.
El 16 de marzo de 1965, la que fuera imagen rebelde de entre guerras, expiraba en el hospital cochin de Paris.
Moría solitaria en la cámara de oxigeno del hospital parisino. El “Evening Standard” dio el adiós doloroso a la reina de los años veinte, la figura excéntrica de los años locos.
Alrededor de su figura flotan las melodías de esa época única en el siglo XX. Los blues y spirituals afro americanos, el jazz, las baladas de la España republicana y los himnos inmortales de la poesía francesa moderna.
Una extraordinaria mujer que se estrello contra lo mas odiado, su clase.
Y que a pesar de ello, realizo el paso por este mundo con soberbia y apego a sus principios, librando desafiante la lucha hasta la ultima batalla.

jueves, 6 de diciembre de 2007

El Paraíso perdido de Jorge Teillier


Progresamos ¿Por qué no retroceder? Jean Nicholas Arthur Rimbaud, 1873.

A finales de la década del sesenta, el rostro de la poesía en chile estaba de recambio. El parnaso chileno estaba poblado por las grandes glorias de nuestra poesía. Desde Isla negra, Neruda dominaba el ambiente y extendía su influencia en todas direcciones, dentro poco recibiría el Premio Nobel de Literatura y se convertiría en el poeta de los oprimidos y los sin voz en los duros años que estaban por venir.
Nicanor Parra, el poeta mas lúcido que ha habitado en estos parajes estaba pronto a recibir el reconocimiento del premio nacional por su transformación antipoética iniciada algunos años antes.
Pablo de Rokha se disparaba un tiro en la cabeza ese mismo año, el gran atormentado terminaba así una larga querella con sus compañeros poetas y con la vida.
En este escenario comenzaban a brillar con luces propias dos nuevos poetas, Jorge Teillier y Enrique Lihn, es en esta época donde comienzan a adquirir el prestigio y la calidad de mitos, los dos heridos por los tiempos que se avecinan, compartirán el mismo destino y el desprecio a pesar de ser reconocidamente autores de culto entre las nuevas generaciones. Teillier sobreviviría largos años a esta revolución y su recuerdo aún perdura, más bien, pervive entre nosotros.

En ocasiones paso por la Unión Chica, el bar de la calle Nueva York, en pleno centro de Santiago. Teillier decía que cada ciudad tenia su geografía oculta, desconocida para el común de sus habitantes y que solo podía ser apreciada por algunos pocos espíritus predispuestos a ese encuentro. La Unión Chica era de esos lugares en la década del 70, un sitio tranquilo y con un aire de novela de Dickens, que el poeta convirtió en uno de sus bares metafísicos, un refugio tranquilo y acogedor, donde el tiempo parece transcurrir lentamente y con esa atmósfera de otra época que lo convierte en un lugar especial y acogedor, uno de esos bares que tocados por la poesía se convierten de inmediato en parte del folclor urbano, en míticos.
Sentado en ese lugar, tomando una cerveza y con un cigarro en la mano, observe una vez más el retrato del poeta, la sencilla fotografía que cuelga en un rincón a la entrada del bar. Me gusta mirar esa fotografía, me gusta pensar que el actual dueño del bar, y los conocidos del poeta, tuvieron el buen gusto de entender de que se trataba todo.
Ahí radica el encanto de la antigua Unión Chica, la sobriedad de esa sencilla fotografía en un lugar apartado, lejos de los cuadros de perros jugando pool y partidas de naipes que constituyen el decorado del lugar, se convierte en el homenaje mas sentimental a su parroquiano más famoso. Es inevitable pensar en Teillier cuando se esta ahí.
Supongo que el bar se mantiene tal como era que en los años 70, existe una fotografía del poeta celebrando un cumpleaños, y ahí están las mismas mesas, la misma barra, los mismos viejos, los menús escritos con tiza mojada en las ventanas, y las caprichosas figuras en el enrejado.
En este ambiente, a pasos de la moneda, comienzo a imaginar los días previos a las elecciones de septiembre de 1970, que llevarían al candidato Salvador Allende a media cuadra de donde estoy sentado, y que protagonizaría los mil días mas agitados de nuestro siglo.
Teillier había abandonado el pueblo de Lautaro, y había desembarcado en santiago varios años atrás trayendo la neblina y el sonido de los trenes nocturnos en su maleta para convertirse en profesor de historia de la Universidad de Chile.
Por esa época Jorge Teillier publicaba regularmente unas crónicas en la revista “Plan”, bajo el nombre de “El agua bajo los puentes”, titulo bastante premonitorio, ya todos sabemos cuanta agua y sangre corrió bajo esos mismos puentes unos años mas tarde, pero queda este testimonio de días mas inocentes.
Estas crónicas urbanas no disimulaban las simpatías del poeta por el proceso que se estaba viviendo, incluso declaraba no suicidarse hasta pasado el 4 de septiembre, día de la elección. Hijo de un viejo comunista, creía firmemente en el triunfo, en la revolución democrática que estaba a las puertas, contagiándose como todo el mundo, dejándose llevar por la euforia de esos días y con el pensamiento puesto especialmente sobre su viejo padre, un antiguo dirigente que había estado en la trinchera social desde los primeros años. Su poema “Ratrato de mi Padre, militante comunista”, destila toda la admiración y el sentimiento por el padre.
Pero las crónicas aparecidas en los diferentes diarios no solo retrataban la agitación política, Teillier nos sumerge en la vida cotidiana del Santiago pre UP, nos describe una mañana cualquiera al interior de la Biblioteca Nacional, o un domingo en la Quinta Normal o el Cerro San Cristóbal, denuncia (35 años atrás) el efecto idiotízante de la televisión, que por esos años estaba en pañales. Se queja amargamente de la perdida del rito de la conversación, relegada a un segundo plano por la televisión y el fútbol. Medita sobre el alcoholismo social, y sobre su propia afición a la bebida, mientras pasea por el corazón de la ciudad camino al bar mas cercano.
El poeta ya había publicado seis libros, entre ellos el maravilloso debut en las letras con “Para Ángeles y Gorriones” en 1956, y las “Crónicas del Forastero” en 1968, y era uno de los más prestigioso poetas afines a la candidatura de Salvador Allende.
Alimentado por la cultura popular, formado en las conversaciones de bar y en los Salones de la Universidad, con poetas desdentados y jóvenes aspirantes a escritores, Teillier se mueve desde lo popular, hasta las mas refinada poesía.
El poeta nos pasea por la literatura provisto de una lámpara y nos indica un camino. Asombra con su profundo conocimiento de la literatura y la poesía de todos los tiempos, parece conocer a cada autor, por sus textos desfilan desde Allen Ginsberg, al que entrevista una mañana en un hotel de Santiago, hasta Francois Villon, en un París nocturno plagado de lobos. Desde Nicanor Parra, en un restauran de Ñuñoa, hasta Truman Capote en las praderas de Kansas.
El prólogo a una traducción de Sergei Esenin, “el último poeta de la aldea” conmueve como solo Teillier sabía lograrlo, la narración de los últimos días de este joven poeta Ruso, y el escenario de invierno donde este se desarrolla son de una desolación brutal.
En el conocido relato del funeral de Baudelaire, el poeta logra transmitir en ese breve texto toda la admiración por el héroe trágico y enfermo, el albatros humillado por última vez, y que no adivina toda la gloria por venir.
Lo mismo ocurre con el relato del conocido episodio en Bélgica, entre el adolescente Arthur Rimbaud y el dionisiaco Paúl Verlaine, el célebre altercado es narrado con la fascinación del que lo descubre por primera vez.
Sus textos son una verdadera guía para los amantes de la literatura. Es ese mundo de la cultura y la calle, la mezcla entre poesía y pulso urbano lo que se convierte en un testimonio de la intensa vida cultural de nuestro país en esos instantes, algo que podríamos considerar el reverso del aclamado documental la “Batalla de Chile”, con el cual se complementan el documento audiovisual y el universo poético.
El poeta siente un particular interés por nuestros escritores. Especialmente por los locos anarquistas del primer tercio de siglo, Teillier redescubre a los que llamo los poetas olvidados, en un ejercicio de la memoria nos vuelve a narrar las vidas de los Verlaine, Baudelaire y Rimbaud chilenos, reencarnados en el mítico cadáver Valdivia, en el trágico Joaquín Cifuentes, el adolescente Romeo Murga, el excesivo Alberto Rojas Jiménez y varios más, que desfilan en sus escritos mostrándonos sus miserables vidas, en donde la poesía se muestra ferozmente honesta y humana, y al mismo tiempo redentora. La admiración de Teillier es la de un amante nuestras raíces que rescata con su arte a estos poetas inmortales de la literatura chilena, dotándolos de trascendencia, y convirtiéndolos de paso en referente obligado para los nuevas generaciones de poetas.

Las respuestas al universo de Teillier hay que buscarlas en el propio poeta, en su poesía y especialmente en su labor de cronista, en la claridad que volcaba como critico literario, en sus lecturas, tan diversas pero unidas por un fino hilo conductor.
Teillier no desprecia ningún genero, se refiere con respeto a los antiguos folletinistas, esos escritores considerados de cuarta categoría, y que sin embargo todos hemos leído, deleitándonos con esas historias amenas y bien narradas. Los libros de viajeros del siglo XVII son su deleite, con ese instinto que le otorga su calidad de profesor de historia, sabe perfectamente cuales son los textos dignos de la memoria, los verdaderamente útiles para el imaginario chileno, los imperdibles de nuestras letras.
En un país que desconoce su historia, casi despreciada y escasamente entendida, la poesía de Teillier se nutre de ella y nos enseña a ver lo que tenemos frente a nosotros, pero jamás prestamos atención.
Por otra parte, el pensamiento de Jorge Teillier se opone, incluso repudia el mundo racional, mecanizado, carente del verdadero sentido que parece ser la aspiración de la mayoría de las gentes que solo persiguen pequeñas metas, el confort, la comodidad, un televisor y un auto son expulsados del imaginario del poeta.
Jorge Teillier vuelca sus sentidos y nos entrega un mundo donde la búsqueda de la felicidad, realizado en la vuelta a la infancia, la edad dorada por la que todos pasamos, y que de alguna forma queremos recuperar, se convierten para el poeta en una suerte de sello personal, único e inconfundible. La clave de su escritura esta provista de estos elementos y de un profundo sentido de arraigo, un ancestral sentimiento de pertenencia lo distancia de su generación. El creador e ideólogo de esta generación fue Enrique Lafourcade, y es también el mejor ejemplo de la pequeña burguesía citadina, deseosa de abandonar el país y encontrar éxito y el anhelado aire cosmopolita que quisieran exudar en sus libros. La generación del 50 se caracterizo por esta meta, y es irónico pensar que el más recordado poeta entre estos escritores fuera también el único que se alejo de su preceptos y cuya poesía sigue tan viva y acrecentándose frente a las nuevas generaciones.
Teillier manifiesta en cada uno de sus textos, con una carga imaginativa poderosa y vital, el deseo del retorno a la infancia, como una forma de ordenar el mundo que le ha tocado vivir. No es extraño encontrar entre sus textos los ingredientes tan particulares, esos guiños a lo popular, a lo que podríamos denominar “lo chileno”.
El poeta además tiene una profunda claridad sobre su oficio y la dignidad que este conlleva. Jorge Teillier comprende y lucha por su arte, y se manifiesta a favor de sus colegas, sumidos por lo general en interminables querellas literarias, peleas banales que no conducen a nada y en donde muchos caen desangrados, vencidos.
Azota en el piso a los chupasangres de siempre, detesta las antologías, que el denomina “antolojías” por lo caprichoso de las selecciones, creadas por el hambre de los sin talento, esos bichos que se arrastran entre los verdaderos poetas para vivir su minuto de gloria a costa del genio que le has sido negado.
En cada una de sus acciones el poeta parece escoger la trinchera correcta, siempre se mantuvo al lado de los sencillos, de los humildes. Como todos los grandes, se marginó de los odiosos cenáculos literarios, de esos escritores “fatuos como un cisne de fieltro”.
Durante la dictadura se refugió en un pueblito cercano a Santiago, una propiedad llamada el “Molino del Ingenio”, que combinaba con visitas cada vez mas cortas a la capital, donde se refugiaba junto a los amigos que quedaban en esta mítica Unión Chica, donde lo recuerdo hoy.
La muerte visitó al poeta en “El Molino del Ingenio” en 1996.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Meditaciones sobre la “Recta Provincia”

Se podrían aplicar a Raoul Ruiz las mismas palabras con que Alberto Rojas Jiménez definió en su momento a Vincent Huidobro, catalogándolo como “Poeta francés nacido en Chile”. Claro que esta afirmación no es lo bastante exacta en el caso del laureado director. Raoul Ruiz, “Cineasta francés nacido en Chile” por estos días vuelve a ser Raúl Ruiz, el director con la cara mas chilena que se pueda encontrar, una cara tan chilena como las que podemos observar en la piojera, en la vega central o en cualquier rincón de la estrecha geografía, cara de curao.
Podría parecer una inmensa falta de respeto a un verdadero autor del cine contemporáneo, con un currículo impresionante y una filmografía que excede con creces el ciento de películas, una figura de autentico nivel internacional, con una personalidad tan inquieta y visión tan particular que no duda en filmar la obra del comedor de quaker chileno Enrique Lafourcade, convirtiendo a “Palomita Blanca” en uno de los registros mas nostálgicos y despolitizados que uno pueda encontrar sobre el periodo UP, eso es tener ojo. Tampoco duda al momento de reinterpretar y llevar a la pantalla la obra del anémico escritor francés Marcel Proust, “El tiempo recobrado”.
Quizás ahí esta la clave de su cosmopolitismo intelectual, un autor que se mueve por caminos tan disímiles revela una seguridad y una tremenda capacidad de observación y entendimiento poco comunes, una especie de camaleón intelectual que es capaz de adaptar a su afiebrada mente los mas intrincados hilos del mundo que adopta.

Raúl Ruiz regresa luego de treinta años a filmar el campo chileno, uno podría esperar (como se ha comprobado con cualquier habitante del reino que viaja un par de semanas a España) un mimetismo exagerado con las costumbres del viejo continente.
El mismo Ruiz declara que a los filósofos chilenos no se les encuentra en academias, sino en los bares. Esta aguda observación revela que los años fuera no han hecho otra cosa que agudizar su visión sobre el carácter nacional, revitalizándola con la distancia.

El titulo de la serie de cuentos sobre el campo chileno es su primer acierto, de los muchos que pude observar durante la emisión del capitulo primero, “La Recta Provincia” recoge el nombre de la oscura secta de brujos chilotes que fueron enjuiciados, en el celebre y mítico proceso realizado en Ancud el año de nuestro señor de 1880. Un magnifico comienzo para la tarea de empapar de esa atmósfera desquiciada los antiguos relatos del campo chileno.
El elenco es otro de los grandes aciertos, Bélgica Castro, cuyo nombre parece nimbado de toda esa trouppe cultural de los 60, Víctor Jara incluido. La poderosa presencia de esta actriz aporta toda la carga de energía que se vivía en el teatro chileno durante esa década. La música esta a cargo de Ángel Parra, otro de los iconos sesenteros que pululan por la serie. Parra aporta lo suyo, como si el inmenso trabajo de investigación y divulgación comenzado por su madre aflorara desde su garganta con el sello de esa voz carrasposa, entonando rimas y versos rescatados desde la noche de los tiempos desde el campo chileno, para salir convertidos en la banda sonora perfecta para la serie.

El gran hacedor que es Raúl Ruiz, regresa tan fresco como si nunca hubiera salido de los limites de este estrecho pasillo, recoge los frutos del gran árbol de la cultura chilena, que estaban ahí, disponibles para todos, y se lanza a filmar la odisea de mostrarnos el lado encantado, mágico, de lo que somos. Y desde los títulos nos recuerda que somos, que alguna vez fuimos un país con una imaginación tan afiebrada como para someter a proceso a un grupo de brujos chilotes mientras el mundo vivía en plena revolución industrial.
La atmósfera atemporal, extraña, inquietante, en que se desarrolla la historia no es casual. Existe un libro maravilloso, fruto de la investigación y el trabajo recopilador del profesor Yolando Pino Saavedra, “Cuentos Folclóricos Chilenos”. Los que han tenido la suerte de ojear sus paginas, podrán comprender con un atisbo de claridad de donde provienen muchos de nuestros enigmáticos mitos, Raúl Ruiz lo sabe, y lo filma con claridad en imponentes espacios, caminos solitarios, grandes planos del peculiar paisaje rural que aumentan la atmósfera misteriosa y extraña.
Rebaños de cabras en los cerros pelados, un casa en medio de la nada, una ramada en mitad del campo, con duelo de payadores incluido que recuerdan el legendario relato del mulato Taguada y don Javier de la Rosa, toscos y huraños campesinos bebiendo en jarros de greda, con trenzas de ajos colgando por los rincones, vestidos con atuendos típicos del campo chileno de mediados del siglo XIX, la viuda, el niño inocente, las almas en pena, los tres hermanos, la flauta de hueso y por supuesto el diablo, el gran personaje de la imagineria nacional, ese diablo engañado por rotos, viajero de noche, jinete solitario vestido de negro, oloroso a azufre, con pequeños cuernos en el pelo lustrosos y enmarañado y de un humor malicioso y jovial. Los ingredientes de la gran cazuela que son los cuentos chilenos, el chile imaginado desde las entrañas por su gente y prácticamente olvidado.
Sin estridencias innecesarias, Ruiz filma fantasmagóricas escenas teatrales, acentuando la atmósfera onírica de este mundo patas pa´rriba.
Resulta útil comentar que los cuatro capítulos que serán emitidos cada lunes coincidirán con las próximas fiestas patrias, en una jugada original, una verdadera apuesta para el lamentable nivel de la televisión por estos días, “La Recta Provincia” parece ser el aporte que faltaba al nuevo revival patriotero que se nos viene junto al bicentenario, y Raúl Ruiz no se quiso quedar fuera de la fiesta.
Dentro de algunos años esta “rara” serie se convertirá en objeto de culto, el regalo final de una generación de creadores tan significativa que la profunda fosa cavada por los militares no pudo ocultar del todo.
Me saco los zapatos.