jueves, 26 de junio de 2008

Oscuridad Hermosa




Anoche te he tocado y te he sentido
sin que mi mano huyera más allá de mi mano,
sin que mi cuerpo huyera, ni mi oído:
de un modo casi humano
te he sentido

Palpitante,
no sé si como sangre o como nube
errante,
por mi casa, en puntillas, oscuridad que sube,
oscuridad que baja, corriste, centelleante.

Corriste por mi casa de madera
sus ventanas abriste
y te sentí latir la noche entera,
hija de los abismos, silenciosa,
guerrera, tan terrible, tan hermosa
que todo cuanto existe, para mí, sin tu llama, no existiera.

Gonzalo Rojas

viernes, 13 de junio de 2008

Vivir y morir en Yungay

En el año 1837 el mariscal Andrés Santa Cruz arrastró a los bolivianos a una aventura descabellada, reeditar el antiguo imperio Inca. Luego de las guerras emancipadoras, los caudillos locales ponían frecuentemente en peligro la frágil estabilidad social y política, tal es el caso de este pequeño mariscal mestizo que arruinó su carrera militar y a todo su pueblo con su desenfrenada megalomanía.
El ministro Diego Portales intuyendo los oscuros planes de Santa Cruz, se propuso frenarlo, pero la traición terminó con la vida del estadista en un oscuro cerro de Valparaíso.
Santa Cruz creyó que la muerte de su enemigo le allanaría el camino y aceleró los aprestos bélicos.
El gobierno de Chile recogiendo el sentimiento de Portales, envió una expedición para detener la recién formada Confederación Perú-Boliviana, y el presidente Joaquín Prieto colocó al mando de las tropas a su sobrino, el veterano general Manuel Bulnes Prieto que destacó en las últimas batallas por expulsar a los españoles de nuestro suelo.
La anarquía boliviana propició el triunfo de las fuerzas chilenas, y se sucedieron los triunfos en batallas como las de Matucana, Buin y Portada de Guías, que auguraron la pronta victoria.
El bravo general Bulnes decidió avanzar y aplastar de una vez al pequeño mariscal en los campos de Yungay, uno de los parajes mas hermosos de Perú.
El 20 de enero de 1839 las tropas chilenas formadas por 4.800 rotos venidos de los campos chilenos, sucios y harapientos pusieron en fuga al enemigo de la patria.
El victorioso general Bulnes entro en Lima acompañado de sus invencibles rotos, (no seria la primera vez que los chilenos marchen por la orgullosa ciudad virreinal) y pronto fueron embarcados y recibidos en Chile con los mas grandes honores que haya contemplado la reciente república.
Este triunfo es de vital importancia para comprender el alma chilena, después de esta campaña el ciudadano común, el campesino, el obrero, la mujer, alcanzaron a vislumbrar lo que era ser chileno, y las fiestas y celebraciones se multiplicaron.
Es en este punto donde nace el concepto de la chilenidad, tal como la entendemos hoy.
El gobierno firmó un decreto para crear una villa con el nombre de Yungay, que se extendería hacia el poniente, en los campos llamados “Llanito de Portales”, por pertenecer al señor Diego Portales Andia Irarrazabal, tío del organizador de la república, el severo Don Diego Portales y Palazuelos, rey de la chingana y la cueca.
Es la primera dilatación de la ciudad, en casi 350 años.
El antiguo camino a Valparaíso, ahora calle San Pablo, cruzaba esa zona, donde se encontraban cuatreros y bandidos que vendían sus productos en el lugar, por ser un camino bastante concurrido y animado.
Las calles originales del antiguo trazado de la capital se extendieron naturalmente hasta esa zona, y las principales: Catedral y Compañía llegaron hasta la antigua “Alameda de San Juan”, hoy la popular avenida Matucana.
En 1840 la pequeña villa bullía de actividad, muchos santiaguinos llegaron a vivir a esa zona cercana al centro y con la paz de una villa de provincia.
El barrio fue pensado y construido por los ingenieros Jacinto Cueto y Juan de la Cruz Sotomayor, que quedaron inmortalizados con el nombre de dos calles que cruzan la villa.
Para celebrar el triunfo en Yungay se inauguro una plaza que primitivamente se denominó “plaza Portales” en honor al extinto ministro.
El agradecimiento del pueblo y el entusiasmo popular pidieron prontamente un reconocimiento al soldado anónimo que luchó en los campos del Perú, pero esto no se llevó a cabo hasta los nuevos triunfos de la guerra del Pacífico, después de 1884.
El escultor Virginio Arias presentó la que sería la estatua elegida para adornar la plaza.
Se dice que el trabajador que está en posición de descanso, apoyando en el brazo derecho un fusil y la mano izquierda en la cadera, con una mirada altiva y arrogante, corresponde a la idealización del baqueano Justo Estay, el legendario guía que ayudó a cruzar la imponente cordillera de los andes al ejercito libertador de San martín.
Arias lo tenía guardado y aprovechó la ocasión de presentarlo al concurso.
La inscripción dice: “Chile agradecido a sus hijos por sus virtudes cívicas”
Inmediatamente el pueblo lo bautizó como “el roto chileno”, muestra del cariño por los gañanes y peones que lucharon calzados con hojotas en Perú, la plaza por añadidura pasó a denominarse “plaza del roto chileno”, nombre que causo furias entre los encopetados tribunos y más aún al escultor que se especializaba en Paris.
Cada 20 de enero se realiza la fiesta del roto chileno, la muestra más auténtica del reconocimiento a la esencia de nuestro pueblo, junto a las fondas de septiembre.
así se empezó a conformar esta singular villa, uno de los primeros visionarios en llegar al lugar fue el eminente sabio polaco Ignacio Domeyko, al que el país le debe demasiado. Aún se mantiene la casa que habitó el científico, en Cueto al llegar a Catedral.
También fue un habitante distinguido del barrio el futuro presidente de argentina, Don Domingo Faustino Sarmiento, célebre educador y fundador en 1884 de la escuela de Preceptores de Chile, y que con los años y los cambios aún se mantiene en Compañía esquina Chacabuco. Es en esta escuela donde la poetisa Gabriela Mistral rindió sus exámenes como maestra.
Sarmiento, perseguido por la dictadura de Rosas encontró asilo en Chile. Personaje complejo y contradictorio, con los años traicionaría al país que le dio protección y cobijo, en un lamentable incidente político.
El autor de los versos de la canción nacional, poeta de escaso genio, don Eusebio Lillo, también vivió en el barrio, en la esquina de las calles Chacabuco y Santo domingo.
Fue uno de los destacados políticos que ayudaron en las negociaciones de paz durante la Guerra del Pacífico, alejado de los versos, su vejez transcurrió tranquila y en paz dedicándose a recibir a los jóvenes que buscaban su sabiduría en su hermosa casona de Yungay.
Entre los escritores se cuentan también al angelical poeta Augusto D`halmar, miembro de esa cofradía de locos que se llamó “Los Diez”, mítica sociedad de intelectuales que iluminó los primeros años del siglo XX chileno.
El escritor Joaquín Edwards bello vivió en una sencilla casa de Santo Domingo esquina Cumming, un autentico genio entre nuestros escritores, dos veces galardonado con el premio nacional, el de literatura y periodismo. Notable cronista de un ingenio afilado, heredero de una de las familias más conservadoras de Chile, los Edwards.
Abjuró de todo eso y vivió como le dio la regalada gana, ridiculizando a su clase en los celebres libros “el inútil” y “el roto”. Vividor intransigente, jugador impenitente, genio imperecedero.
Terminó sus días atormentado por la enfermedad y descargó una bala en su cabeza una mañana de 1969, en la misma casa de Sto. Domingo.
El Poeta Julio Barrenechea vivió en Huérfanos esquina Maipú, miembro de la generación de 20, fué uno de los grandes amigos de Neruda y dejó un sabroso libro de recuerdos. “Frutos del país”, donde rememora los días de Bohemia y fraternidad de su juventud.
Son innumerables los intelectuales, políticos, artistas y militares que habitaron la sencilla villa de Yungay, y nombrarlos a todos resulta extenuante.
Innumerables son también las anécdotas que se han vivido en el barrio.
Célebre es el escape de la hermosa poeta Teresa Wills Montt desde el claustro de la “Preciosa Sangre” en Maturana esquina Compañía, donde estaba confinada por su familia. Socorrida por el extravagante poeta Vicente Huidobro, la “femme fatale” escapa hasta Buenos Aires con el autor de Altazor.
Historias de otra época mas romántica y decidida.
Don Cesar Rosseti poseía un almacén de abarrotes en Catedral esquina Libertad, hombre de vasta cultura, animaba las noches en amena tertulia en la trastienda del almacén. Al lugar acudían pobres y ricos, gente ilustrada y sencillos trabajadores. Nadie adivinaba al verlo tras el mostrador la amplia cultura que poseía, dominaba varios idiomas y era extremadamente sencillo y ameno, un gran conversador, ejemplo republicano y demócrata.
Al caer la noche comenzaban a llegar por una puerta trasera los contertulios, que generalmente profesaban las más distintas ideologías y religiones.
Después de la revolución de 1891, que derrocó y terminó con el suicidio del presidente Balmaceda, se encontraban ahí los mas enconados enemigos. Antiguos compañeros de armas en la Guerra del Pacífico, enfrentados después durante la revolución se encontraban en su humilde almacén.
Los generales Rafael Soto Aguilar y Diego Dublé Almeyda, auténticos héroes en la contienda de 1879 y fieles al desgraciado presidente Balmaceda se enfrentaban al Coronel Estanislao del Canto, traidor congresista que también había peleado en la campaña de la Sierra en Perú. El coronel Solo Zaldivar y el general Dublé Almeyda detestaban al traidor, sentimiento que era recíproco. Del Canto era amatonado y Dublé fino y elegante. A pesar de las diferencias irreconciliables, mientras duraba la tertulia se mantenían los limites de la buenas maneras.
Recuerdos de otra época, donde era posible contemplar escenas de este tipo y donde la caballerosidad era moneda común.
El apogeo del barrio duró hasta entrado el nuevo siglo, y pronto empezó su decadencia.
A mediados de los años treinta los vecinos mas encopetados emigraron a Nuñoa y Providencia, buscando alejarse de los limites del centro, ocultándose tras sus bienes y sus buena crianza, que creían corría peligro.
Es así como las aristocráticas mansiones comenzaron a ser abandonadas y se construyeron hermosos Cités que albergaron a la nueva clase media, Cités como el de Adriana Cousiño y la callecita Lucrecia Valdés albergaron a las nuevas generaciones, hermosas calles adoquinadas y con vestigios del antiguo trazado del tranvía urbano dejaron sus huellas y el barrio comenzó a renacer.
Universidades e Instituciones de Investigación encontraron en las abandonadas mansiones un nuevo aliento para Yungay.
El antiguo “callejón de Negrete”, ahora la hermosa avenida brasil, se llenó de vida y bohemia, con sus bares y restaurantes plenos de vida nocturna.
Los antiguos limites que iban desde este callejón hasta Matucana, y desde Alameda hasta la calle San Pablo se hicieron más precisos y ahora el barrio va desde Cumming hasta Matucana y desde Moneda hasta Rosas.
Resulta curioso ver que Yungay, nombre proveniente de una antigua región de Ancash en Perú, este siendo poblada por inmigrantes de esa nación, que han dado nuevos colores al barrio, en una especie de recuperación espiritual.
Yungay aún es un bello barrio, como dice Mauricio Redoles, otro de sus habitantes clásicos, donde uno puede pasear por sus amplias aceras y contemplar el brillo de un pasado esplendoroso, con sus casonas de estilo y sus singulares y bellas formas en las fachadas. El casco antiguo de la ciudad que renace y revive en sus nuevos habitantes, con rincones enigmáticos y sorpresivos, con sus expresiones de arte y cultura en cada calle, sus restaurantes y bares, picadas y clandestinos.
Cada día sorprende, cada imagen agrada y revitaliza y una noche de lluvia se vuelve mágica y poética.
Muchos hombres y mujeres notables pasaron y dejaron algo de si, impregnándolo todo con su vida y su historia, y muchas otras pasaran aportando al encanto de este barrio.
Yo seguiré observando el transcurrir de cada día y de cada noche, tal como lo hago ahora desde mi ventana mientras afuera se tejen más historias y yo intento olvidar la mía.

martes, 3 de junio de 2008

Alberto Rojas Jiménez, habitante de la noche

Vida
Neruda arriba a la ciudad de Santiago un día de marzo de 1921. Recién llegado, arrienda una minúscula habitación en una pensión de la calle Maruri, al otro lado del río, cercana a la Av. Independencia. La sucia callejuela se hará célebre con el tiempo. El joven ve lo que nadie. Los hermosos atardeceres que descienden sobre los sucios tejados, y los inmortaliza en el capítulo “Los Crepúsculos de Maruri” de su primer libro “Crepusculario”. Describe ese ambiente de juventud, el Santiago de sus años de estudiante, como un lugar “donde los trajes de 1921 pululaban en un olor atroz a gas, café y ladrillos”.
Pronto traba amistad con los que serán sus compañeros de generación, la mayoría estudiantes del Pedagógico, ubicado en Cumming, al que acude Neruda. Varios de estos estudiantes y poetas publican sus primeros versos en una revista de reciente creación: “Claridad”.
La revista era un vehículo de las nuevas tendencias y había conseguido un rápido prestigio. Neruda ya la conocía en Temuco, desde donde era el corresponsal y donde vendía algunos ejemplares entre sus compañeros de colegio.
En su corto año de vida, Claridad se había convertido en la voz de la Federación de Estudiantes, y le correspondió un papel de importancia vital en la juventud anarquista de la época.
En 1920, la revista denunciaba una masacre de obreros en Magallanes, y levantaba su dedo acusador contra los culpables de la operación, el comandante Barceló y el gobernador Bulnes. El gobierno responde protegiendo y alentando una turba de jóvenes de sociedad, la que asalta y destruye la Federación de Estudiantes y la revista Numen. No deja de llamar la atención que entre la “canalla dorada”, se encontrara el beatificado padre Hurtado.
Los días son de una violenta agitación política. Arturo Alessandri Palma hipnotiza al pueblo con los acordes del “Cielito lindo”, dispuesto a convertirse en el primer mandatario de la clase media.
Por esa misma época muere, debido a las torturas, el poeta José Domingo Gómez Rojas, no sin antes anunciar que llegará el día “de la gran libertad sobre la tierra grande”.
El desdichado mártir escribía sus versos en Claridad, al igual que Humberto Díaz Casanueva, Romeo Murga, Armando Ulloa, Rosamel del Valle, Roberto Mezza Fuentes (el ratón agudo), Joaquín Cifuentes Sepúlveda, Eusebio Ibar, Rubén Azocar, además de los anarquistas Manuel Rojas y González Vera, a los que se une militando política y literariamente Pablo Neruda.
El fundador y director del valiente medio era el poeta Alberto Rojas Jiménez. Inspiración y alma del grupo de estudiantes y poetas, al que la historia literaria de nuestro país ha denominado como “generación del veinte”.
La mayoría de ellos nacidos entre 1900 y 1904. Lecturas compartidas, experiencias similares, el diario vivir y especialmente el hecho de ser estudiantes de la misma escuela, los convirtieron en una sociedad hermética sin comparación en nuestras letras.
Neruda se convertirá en la máxima expresión de ese movimiento. Pero el núcleo, el corazón y el alma de esa generación brillante estuvo encarnado en la personalidad maravillosa de Alberto Rojas Jiménez.
Rojas Jiménez es una figura sorprendente dentro de nuestras letras, poseedor de un genio dilapidado en los bares, un entendimiento inmediato de todos los conflictos del ser humano, era dueño de un dandismo desenfadado, una forma de soberbia autoestima y simpatía.
Según su propio testimonio, habría nacido el 21 de junio de 1900, en mitad de la bahía de Valparaíso, a bordo de un buque estacionado en el puerto. (El poeta atribuye a esta curiosa forma de nacer el gusto por los viajes y la aventura)
Su infancia transcurre en Quillota, “un pueblito -explica- de casas blancas como queso de cabra”. Sus estudios los realiza en liceos de provincia y en el internado Barros Arana en Santiago. Asiste a un curso en la escuela de Bellas Artes, pero lo abandona al poco tiempo. No está de acuerdo con los métodos; critica la lentitud de la enseñanza y tilda a los profesores de “pedantes” y “latosos”.
Es entonces cuando decide dedicarse por completo a la poesía, y publica sus primeros versos en la revista Zig-Zag.
Su posición ante la vida no tenía ninguna fijeza, y el porvenir le importaba un carajo. No sentía vocación por nada, sólo la poesía lo llamaba poderosamente desde su alma.

En 1920 funda Claridad, publicación que aparece hasta 1926, con algunas intermitencias.
Es allí donde publíca un documento muy raro “El manifiesto Agú”, que el mismo poeta explica como el primer verso del recién nacido, la libertad total en la poesía.
Algunos sostienen que tan solo sería un eco del manifiesto “Dadá”, publicado un tiempo antes por Tristan Tzara en París, y que vendría a ser lo mismo, el grito primario de una guagua. Eso sí, francesa.
En Claridad también se encuentra una de sus escasas manifestaciones políticas. Un llamado al tercer aniversario de la revolución “Maximalista” (como se decía en esos años), y que se celebraría en el bar “Teutonia”, convocatoria que más bien parece una excusa, un motivo para ejercer el deporte nacional, es decir, “empinar el codo”; porque uno de los vicios que unió a esta generación de locos (además de la literatura), fue la pasión excesiva, el culto dionisíaco, la alegría avasalladora que terminó con las vidas de varios de ellos.
Se les podía ver por las tardes (ya que eran poetas románticos), paseando por Bandera y San Pablo.
Ese era el escenario frecuentado por la generación más bohemia en nuestras letras. Las picadas y bares que rodeaban al barrio Mapocho, y por supuesto, el mago de las tertulias, el que hacía brotar la belleza, iluminando con su presencia: era Rojas Jiménez.
Admirado por sus colegas, imponía pequeñas modas entre sus pares. La forma de fumar, la caligrafía (Neruda heredó de su amigo la letra tan particular y bella), el aire desenfadado, melancólico, y por cierto, la forma de vestir. El poeta usaba una discreta melena, patillas bien recortadas de prócer, vestía usualmente de negro y lucía un sombrero cordobés de ala ancha y capa. (En una época en que Rodolfo Valentino causa furor en Hollywood).
Sus compañeros lo recuerdan de estatura mediana, delgado y apuesto, de una elegancia que contrastaba con su miseria.
Lo perseguía, además, el prestigio de haberse fugado muy joven con una muchacha, Solnei.
Rojas Jiménez relata su hazaña con estas palabras: “Solnei alegró con su gracia, dos años de mi vida. Enlazó su suerte a la mía, y alternativamente fueron suyas mi riqueza y mi miseria. Juntos estuvimos bajo distintos cielos y en muchos pueblos quedó algo de lo nuestro”.
A esta muchacha dedica su primer libro, titulado homónimamente y que circuló mimeografiado, de mano en mano. Hoy es inencontrable y forma parte de la leyenda del poeta.
En algunas ocasiones, Rojas Jiménez terminaba las noches de farra en la cárcel. Desde ahí enviaba papelitos, breves mensajes pidiendo dinero, abrigo y libertad. Otras veces desaparecía de la ciudad. Viajaba por diferentes lugares del país alegrando por un par de días a los sorprendidos habitantes.
Nunca se alejaba de esos lugares sin antes dejar algo de sí. Con su mejor sonrisa se despedía despojándose de la corbata, chaqueta, incluso de sus zapatos, que regalaba en un gesto de cordial amistad.
Pronto volvía a la capital y se sumergía en el torbellino de las noches. Nunca faltaba el motivo para la fiesta, una despedida, un premio obtenido por alguien, un recibimiento.
Los bares y picadas del grupo son tema para un artículo aparte. Entre los lugares frecuentados estaban el restaurante “Hércules”, de San Pablo, del que Rojas Jiménez era cliente preferido por su gracia; “La Ñata Inés”, “el Zum Rhein”, “El Jote”, el cabaret “Zeppellín”, el “club Alemán” de Esmeralda y el de San Pablo.
La alegría nocturna estaba plagada de seres extraños. Uno de ellos era el cadáver Valdivia, músico de la sinfónica y poeta. Misterioso personaje que deambulaba de bar en bar, con un extraño bulto envuelto en papel de diarios, donde se comentaba, escondía la jeringa de su vicio.
La existencia era difícil y estaba llena de obstáculos. La tarea diaria de sobrevivir se convertía en una aventura constante, sobre todo para un grupo que despreciaba el trabajo común. En tales circunstancias, el ingenio se agudiza, y no faltan las ideas para comer y beber. El mismo Rojas Jiménez se dedica a vender avisos para Claridad, otros venden sus propios libros, algunos pasan horas sentados en algun restaurante, sin pedir nada, comiendo el pan untado con el ají de las alcuzas.
La tradición relata que un día el pintor Diego Muñoz, acompañado de Rojas Jiménez, acuerdan con el dueño del cabaret “Zeppelín” la decoración de uno de los muros. El trato queda sellado y los amigos ponen manos a la obra. Los diarios publicitan la obra como uno de los primeros murales pintado en Chile.
El pago queda convenido: diez mil pesos que serán cancelados, la mitad en dinero y la parte restante en cervezas. Varios meses demoraron los amigos en tomar los centenares de litros, y solidariamente hicieron extensiva la fiesta a sus numerosos compañeros. Pablo Neruda, el pintor Isaías Cabezón, Julio Ortiz de Zárate, Tomás Lago y Lalo Paschin fueron algunos de los que gozaron del crédito en cervezas.

Pasión
Hacia 1923, los artistas chilenos tenían un norte fijo, un poderoso llamado de ultramar. El sueño de viajar a París, la meca de la cultura en el mundo.
Para los poetas, la vida en Chile es amarga. Neruda escribe: “Aquí entre estos burgueses de aldea descansada / donde un poeta es casi lo mismo que un ladrón… / Yo que llevé mis versos como un dolor de muelas / que todas estas gentes trataban de curar…”.
Rojas Jiménez también sueña con llegar a la Ciudad Luz. La situación es insoportable para el poeta porteño. Asfixiado en la mediocridad del ambiente, transita al borde de la sociedad, que es la única forma de sobrevivencia para un poeta. En un país donde no es casualidad que las cumbres de sus letras se autoexilien: Gabriela Mistral, Neruda, Huidobro.
Íntimamente decide, para sobrevivir, vivir en París.
Y la oportunidad se presenta por causa del azar, que es buena amiga de los poetas.
El pintor Abelardo (Paschin) Bustamante obtiene una beca del consejo de Bellas Artes, junto a un pasaje en primera clase para estudiar las nuevas tendencias pictóricas en París. Rojas Jiménez, enterado de la noticia, despliega toda su simpatía, y de mil maneras suplica, que al fin convence a Paschin de cambiar el pasaje en primera clase, por dos de tercera.
Aquí se desarrolla uno de los episodios más recordados en la mitología de Rojas Jiménez.
Una festiva caravana de artistas se dirige a Valparaíso para despedir al pintor y al poeta. No faltaron los inseparables amigos de Claridad, Neruda entre ellos. El poeta porteño Zoilo Escobar les procura alojamiento. Rojas Jiménez, conocedor de la noche porteña, adentra al grupo en sus secretos.
En la mañana del día siguiente, los trasnochados encaminan sus pasos a la gobernación del puerto.
Pero aún queda un obstáculo, quizás el más difícil. Convencer al gobernador del disparatado trueque.
El empleado escucha asombrado la insólita petición, y su negativa es rotunda. Rojas Jiménez realiza entonces un acto que hizo escuela entre sus pares. De un salto alcanza el amplio ventanal que mira desde el segundo piso hacia la plaza Sotomayor, y amenaza con saltar si el flemático burócrata no cambia en el instante los pasajes.
Como es de esperar, los amigos se embarcan con destino a Europa.

La primera noche en París, los amigos comen una frugal cena compuesta de sardinas, lo único que entienden del menú.
Paschin enferma de gripe, y el inquieto Rojas Jiménez decide recorrer la ciudad en plena noche, y sin conocer palabra del idioma.
Al poco tiempo, el poeta se instala en el barrio bohemio de Montparnasse. Solucionados sus problemas más urgentes, se dedica a escribir artículos de prensa para diferentes medios en Chile.
Escribe sobre las exposiciones independientes. Cada año el poeta asiste a estas muestras de arte vanguardista, condensando acertadamente sus impresiones sobre las nuevas tendencias.
La importancia de estas exposiciones en la historia de la pintura son invaluables. Aquí muestran sus obras, por ejemplo, Picasso, Matisse, Braque, Juan Gris.
Además el poeta escribe sabrosas crónicas sobre la vida en París. Dedica artículos a sus colegas artistas, escritores y pintores chilenos con algún éxito. Se burla de los ricos compatriotas de paso en la ciudad, caricaturizándolos con un fino humor. Allí están diplomáticos holgazanes y despilfarradores, galancetes de provincia, improvisados mundanos de pueblo. Toda una fauna de latinoamericanos encandilados por la Ciudad de las Luces. Los trasplantados de Blest Gana.
Escribe un artículo sobre su compatriota Vicente Huidobro, llamándolo Vincent Huidobro, poeta francés, nacido en Santiago de Chile.
Estas crónicas se publican en el Mercurio y La Nación, y serán recogidas algunos años más tarde en un pequeño libro,“Chilenos en París”. Este será el único libro publicado por el poeta.
Rojas Jiménez pasea su figura extravagante por las calles de Montparnasse. Se convierte en conocido de todos, entra a los bares y es saludado por los rusos blancos, exiliados de la Revolución, que lo confunden con uno de ellos, quizás por su melancólica palidez.
Un día, sentado en una mesita del café “La Rotonde”, observa intrigado a un viejo que dobla calmadamente una servilleta. Se acerca al anciano, que no es otro que don Miguel de Unamuno, el cual le pregunta.
-¿Es usted griego?
- No, don Miguel, soy chileno -
responde Rojas Jiménez.
- Es curioso, tiene usted el tipo griego - agrega Unamuno.
El maestro se sumerge en recuerdos sobre amigos chilenos, dice haber leído un libro muy malo, “Raza Chilena”, del doctor Palacios, y uno que le fascina, una traducción de Esquilo, realizada por el presbítero Medina.
Mientras conversa animadamente, sigue doblando el papelito entre sus dedos, al cabo de un rato se detiene y regala a nuestro poeta un pajarito de papel.
- Tome, para que me recuerde - le dice Unamuno
- Lo recordaré más si me enseña a fabricarlas -
responde Rojas Jiménez. Durante una hora, los dos poetas se entretienen fabricando pajaritas de papel, sentados en el mítico café “la Rotonde”, el café preferido por Lenin, Diego Rivera, Modigliani, Max Jacob, entre otros personajes.
Pero no toda su estancia en París es fácil; hay días oscuros, de pobreza y hambre.
El poeta recorre las ferias y se dedica a tirar aros a botellas de champagne, que luego cambia por leña, asegurando el combustible para la chimenea y para él.
A veces camina solitario por Montparnasse, tirando una botella con un cordelito, como si fuera un perro.
Tiene una vecina, Clauddette, con la que se reúne en los días de invierno. El frío es intenso y la pareja arroja libros a la chimenea. Según Rojas Jiménez, los más incendiarios son “veinte poemas de amor y una canción desesperada”, libro recién aparecido en Chile.
Pero la historia más insólita aparece en todos los diarios de la ciudad. Se informa que un estudiante latinoamericano ha profanado el cadáver del recién fallecido Anatole France.
El maestro de la sátira social muere en 1924, rodeado de la admiración de sus conciudadanos y convertido en una gloria nacional. La élite de las letras francesas se da cita en el lugar del sepelio. De improviso, un desconocido se abre paso entre la multitud, avanza ceremonioso hasta el ataúd abierto y tomando la nariz del muerto, la remece con fuerza exclamando.
-¡Ah, viejo pillo!
Rojas Jiménez es sacado en andas por la policía en medio de la indignación general.
Existió durante esos años una compañera, una mujer llamada Micky, que compartió sus pasos en Francia, y de la que se cree tuvo un hijo, Serge. El recuerdo de estos dos seres lo obsesionará en sus últimos años.
Obligado a abandonar el amado París, después de respirar el aire puro de la libertad que se vive en Francia, y con un cargamento de historias para contar en el odiado, añorado y temido Chile, el poeta emprende el regreso.

Vuelve a ser un extranjero en su tierra, a pesar de estar íntimamente atraído por ella.
Es el año 1928, después de cinco años en Europa, vuelve a sus amigos, a sus barrios, a su ciudad. Pero ahora con una acentuada melancolía, una tristeza que arrastra como una carga de desánimo y pesimismo.
Su estado de ánimo se resiente aún más. Sus amigos, sus compañeros de correrías y de juventud están muertos; Romeo Murga, Joaquín Cifuentes y Aliro Oyarzún, se hunden en la noche eterna, arrebatados por el vino y la bohemia desenfrenada.
Rojas Jiménez se encierra en una pesadumbre y desazón profunda, se vuelve un noctámbulo impenitente, pasa sus noches de bar en bar. Una de ellas, acompañado de Neruda; alegre, como en sus viejos tiempos, derrochando su gracia a raudales, olvidado de su melancolía, disfruta de la amistad de sus amigos. Un hombre lo observa atentamente desde otra mesa. El curioso personaje se acerca entonces al grupo de poetas, y se dirige a Rojas Jiménez.
- Lo he estado observando, nunca he conocido una persona con su gracia, y le quiero pedir un favor.
-Diga usted- responde el poeta.
- Me gustaría saltarlo - añade el extraño.
-¡Cómo! ¿Es usted tan poderoso que me cree poder saltar aquí, ahora?- se sorprende Rojas Jiménez.
-No, señor, quiero saltarlo después, cuando usted esté tranquilo en su ataúd. He saltado a muchas personas en mi vida y llevo una lista de todos ellos- explica el hombre.
Rojas Jiménez, entusiasmado con la loca idea, acepta gustoso.
El misterioso personaje se despide entonces, y los amigos vuelven a su animada conversación, olvidándose del extraño.

El poeta escribe cada vez menos, sus poemas dispersos desean el papel. Pero él vive sus días con desprecio, en un desorden caótico. Su poesía es hermosa, sus versos sencillos, emparentados con los de su hermano Neruda. Existe un poema varias veces antologado, “Pequeñas palabras”. Es una joyita de sencillez, de poesía clara y pura. Cito un par de versos:

“Las cosas que tú dices
no tienen importancia.

Tus palabras
son débiles, pequeñas…
Sin embargo yo amo tus palabras.

En tu fragilidad hay tanto de ti
que en ellas no es necesario
un hondo sentido, para llenarme de gracia”.

Continúa viajando, recorriendo el país, dictando conferencias. Cercado por la soledad, el poeta desempeña pequeños y odiados trabajos. Vuelve a Valparaíso, a su cuna, pasa un tiempo en el puerto. Escribe desde ahí sobre su poesía, en algunas cartas a una amiga: “Cuánto verso de amor cantado en vano, éste es un montón de mariposas muertas, bien muertas, bien requetemuertas…”. La desesperanza mortuoria, la tristeza infinita.
Viaja nuevamente por el sur de Chile. Recorre algunos pueblos dictando conferencias. Aún no lo abandona su sentido del humor, ni el ingenio. Realiza una conferencia donde explica, a unos sorprendidos huasos, la revolución estética de Picasso.
Llega a Valdivia, allí es contratado en la universidad para una conferencia. El poeta aparece con una hora de retraso, acompañado de un marino borracho. Al ver la botella de agua sobre la mesa, increpa al decano pidiendo una botella de vino.
Se le asigna una columna llamada “Caleidoscopio”, en el diario “La República”. A duras penas escribe sus artículos; él prefiere la tranquila noche fluvial.
Se entera, una noche lluviosa, de una historia conmovedora. Un colega periodista le relata la historia de un asesino responsable de la muerte de toda una familia. Descubierto, fue rápidamente sometido a juicio y fusilado. Pero el rumor asegura que el verdadero asesino es el hermano menor del fusilado, al que éste quizo salvar. Se sacrifica por el hermano, ya que éste tiene esposa e hijos, en cambio él ya tiene otras acusaciones y es un hombre solo. Este hecho lo convierte en un mártir, un santo al que se le atribuyen milagros, y el pueblo le construye una animita
El poeta, impresionado, exige ser llevado hasta el lugar en plena noche, desde donde se lleva un pedazo de vela como amuleto.
En enero de 1934 intenta salir del país para pelear en la guerra del Chaco, pero se queda en Antofagasta hasta febrero, invitado por el poeta Andrés Sabella.

Realiza una última visita a Quillota, su pueblo de la niñez. Lo recibe su amigo, el poeta y médico, dr. Alejandro Vásquez. El poeta hace una entrada digna de su genio, llega en la ambulancia del pueblo y luciendo su cabeza pelada. Explica que perdió su melena de poeta en una apuesta contra un peluquero, en un bar del pueblo de “La Calera”.
Más melancólico y triste que de costumbre, premonitoriamente quizás, el poeta entrega sus tesoros al dr. Vásquez: Una fotografía de Micky, su compañera francesa, y de su hijo Serge. Una vieja fotografía que lo había acompañado durante años, haciendo más doloroso el recuerdo de su querido hijo, y de su madre. Además, entrega a la custodia de su amigo varios capítulos de su novela “Africa”, que nunca se publicó.

Muerte
Las primeras lluvias de ese año azotaban la ciudad con inclemencia y furia desatada. Aquella noche de abril de 1934, los noctámbulos de Santiago se cobijaban en los diferentes bares y tabernas de la ciudad. La noche avanzaba silenciosa y enlutada sobre los escasos transeúntes.
En un restaurante de Bandera con San Pablo se celebra un premio obtenido por el pintor Abelardo Bustamante (Paschin), el antiguo compañero de Rojas Jiménez.
La noche es de alegre camaradería, llena de recuerdos y anécdotas. Nada hace presagiar la tragedia que se cierne sobre uno de los comensales.
El vino, la comida y el tabaco los mantienen hasta altas horas. El primero en retirarse es el pintor homenajeado, seguido por Gérman Montero. En la mesa quedan el periodista Roco del Campo (sus amigos le llaman Roco del Cántaro), y el poeta Alberto Rojas Jiménez, los más insaciables seguidores de Baco.
Provistos de algún dinero dejado por sus amigos para continuar la noche, la pareja de escritores encamina sus pasos hacia la posada del Corregidor, antiguo edificio ubicado en la plazoleta del corregidor Zañartu, en Esmeralda con Mc-Iver.
En este lugar se realizan veladas de poesía y conversación, que duran hasta la madrugada.
Mientras afuera la lluvia barniza las calles, al interior de la posada los amigos continúan la fiesta. La noche avanza rápido, y el dinero se agota. A pesar de lo cual, continúan con el consumo.
Rojas Jiménez espera salir del lío apelando a su gracia; algo se le ocurrirá. Escribirá unos versos en una servilleta, un dibujo que dará como pago del consumo; como si fueran una joya preciosa, fabricará una de las pajaritas de papel que le enseñara Unamuno y saldrá limpio como siempre le ocurría.
Pero su estrella no aparecerá esa noche.
Al ser requerido el consumo, el poeta despliega su abanico de trucos, su gracia y simpatía, sin ningún resultado. Son obligados por los mozos a despojarse de sus chaquetas y chalecos.
Arrojados a la calle, enfrentados al aguacero, en mangas de camisa, el poeta y Roco del Campo caminan durante una hora. Saltando bajo la intensa lluvia, se dirigen hasta la casa de la hermana del poeta, en Avenida Ecuador, al interior de la Quinta Normal.
Allí son auxiliados prontamente por Rosita, la hermana del poeta.
Rojas Jiménez es cubierto de frazadas, en un intento por frenar la fiebre que lo consume.
El día 22 de mayo, menos de veinticuatro horas desde su arribo a la Quinta Normal, muere de una broncopulmonía fulminante; su salud quebrantada no soporta la travesía bajo la lluvia.

Existe un testimonio de su última noche en la tierra. Mientras se velaba su alma, y el viento atronaba el espacio iluminándolo violentamente cada cierto tiempo, un desconocido se recorta bajo el marco de la puerta, vestido de riguroso luto. El misterioso visitante pasea su mirada sobre los enmudecidos presentes y la deposita sobre el ataúd. Acto seguido, tomando un pequeño impulso, y en una pirueta circense, salta sobre el féretro. Y sin decir palabra, con una pequeña inclinación a modo de venia, desaparece en la boca de lobo que es esa noche.
La noticia de la muerte del poeta se esparce con rapidez. Al día siguiente el sepelio enfila hacia el Cementerio General bajo la tormenta. Al pasar por la calle Bandera, se unen los mozos del restaurante “Hércules”, en el que había pasado muchas noches el poeta muerto. La procesión cruza el puente sobre el desordenado y furioso cauce del Mapocho. El cortejo sigue hacia Avenida La Paz. Vicente Huidobro, elegantemente vestido y llorando, protege bajo su paraguas al infortunado Antonio Roco del Campo, que camina cabizbajo, abrigado con un chal de la hermana de Rojas Jiménez.
Por fin llegan hasta la morada final del poeta. Tomás Lago da el discurso de despedida.
El mismo cielo, con su furia líquida, parece llorar al hijo perdido.
Los amigos más cercanos al difunto pasan al “Quitapenas”. Vacían sus copas varias veces en recuerdo al poeta. Desde allí escriben algunos, contando la muerte de Rojas Jiménez a Neruda, quien se encuentra en España.
El poeta llora la pérdida del viejo amigo, el personaje más admirado de su juventud.
Se une entonces al pintor Isaías Cabezón, juntos se encaminan a la basílica de Santa María del Mar, en Barcelona. Provistos de unos cirios tan altos como personas, los amigos rinden un último homenaje al poeta perdido. Después van a beber unos vinos verdes, y recuerdan al querido poeta hasta el amanecer.
Neruda envía desde España su conmovedora elegía “Alberto Rojas Jiménez viene volando”, estremecedor poema al hermano muerto.
Años después, bautiza la taberna de su casa en Isla Negra como Alberto Rojas Jiménez. Seguirá recordándolo hasta los últimos días de su vida.
Desde 1940, una calle lleva el nombre del poeta trágico. Una corta calle que se ubica en Vicuña Mackenna, casi esquina con Santa Isabel.

viernes, 16 de mayo de 2008

Rocío de los prados



No nos encontraremos tú y yo
No nos
encontraremos ya más
en el solsticio de invierno
no nos
encontraremos nunca más
nunca más

Oscar Hahn

domingo, 11 de mayo de 2008

Coloane

Se dice que un buen relato es el que deja un par de imágenes grabadas a fuego en la mente del lector. El cuento “Cinco marineros y un ataúd verde” del escritor Francisco Coloane proporciona una de las imágenes mas poderosas que un narrador chileno ha podido plasmar en un cuento. La insólita visión de cinco marineros transportando un ataúd de color verde, para llevarlo a un cementerio en una de las ciudades mas australes del mundo, sin transeúntes y en medio de un paisaje tan desolado y frío que aplaca el alma.
Es sin duda una imagen que no deja de sorprender y que son descritas como inolvidables por el lector dotado de una razonable imaginación.
Francisco Coloane nació en el pueblito de Quemchi, en la isla de Chiloe en 1910.
Antes de convertirse en el escritor dotado de una imaginación tan excepcional, que lo llevo incluso al premio Nacional de Literatura, Coloane se dedico a los mas variados oficios en los paisajes australes que llegó a conocer como pocos.
Fue pastor en una de las grandes haciendas de Tierra del Fuego, buscó petróleo en las frías aguas del estrecho de Magallanes, vivió y hasta se convirtió en un cazador de focas en los estrechos canales del sur, ahí donde el territorio se dispersa como un espejo quebrado en mil fragmentos.
Es en estas desoladas regiones donde se ambienta la acción de sus relatos y donde el escritor crea la particular atmósfera de sus cuentos. No le pedimos a un escritor que nos cuente lo que ha visto, pero Coloane convierte este elemental hecho en su mejor arma al momento de narrar. La precisión de su prosa es producto de la propia vida, de sus correrías y aventuras en la región austral.
Los elementos esenciales de un buen cuento están dosificados con armonía, de forma clara y sencilla en la prosa de Coloane.
El latido, el pulso narrativo esta dado en sus relatos por la singular y estrecha relación que une al individuo con el majestuoso escenario de las regiones australes de Chile.
Obligado a luchar contra el inclemente y soberbio paisaje, el hombre se convierte en un gigante que debe agotar sus recursos para sobrevivir en medio de tanta soledad y las crueles condiciones a que obliga la vida en esos parajes.
No es casual entonces que en sus relatos pululen bandidos, cuatreros, inescrupulosos cazadores de focas, mercenarios europeos atraídos por el brillo del oro en los lavaderos de tierra del fuego, presidiarios sanguinarios escapados de Ushuaia; la cárcel mas cruel en el confín del mundo, mestizos e indios obligados a las peores faenas en las estancias magallánicas, esforzados pescadores desafiando día tras día uno de los mares mas turbulentos del planeta.
Pero Coloane no se queda en esto, crucial es en sus relatos la creación del clima.
El lugar donde respiran sus personajes esta descrito magistralmente, sin decorados ni distracciones de ningún tipo, con un equilibrio y claridad que son un ejercicio brillante de destreza narrativa, el escritor deja solo lo esencial para la comprensión del relato.
Tomemos este ejemplo de “Cinco marineros…”: “Las calles estaban nevadas y los marineros tuvieron que marchar con cuidado, pisando inseguros, lo que le daba un cierto vaivén a sus hombros y al ataúd, cuyo verde color hacia recordar un trozo de mar llevado en hombros de esos marineros”, solo basta esta frase resaltada para comprender de un plumazo la desolación y tristeza del momento descrito.
Es difícil resistirse a la lectura de sus cuentos, Coloane atrapa desde la primera línea.
“Entre ola y ola nuestro barco se recostaba como un animal herido en busca de una salida a través de ese horizonte de lomos movedizos y sombríos”.
Pero comenzar de manera tan eficiente obliga a mantener la tensión en el relato, y mucho mas a concluirlo de igual forma.
Un cuento no puede desmayar durante su proceso, cosa que la novela puede y debe permitirse.
Coloane ha sido llamado el Jack London chileno, quizás por la relación entre el hombre y su entorno, que también es una de las claves en la obra del escritor ingles.
Hay otro detalle que dota de esa belleza tan característica a los relatos del narrador austral, lo bellos nombres de esas regiones frías aportan resonancias misteriosas y secretas, nombres que evocan olvidadas gestas, rodeadas del halo de peligro y audacia que tanto atrae al lector de aventuras.
Nombres hermosos, estremecedores, enigmáticos (el seno de Ultima Esperanza, Puerto Consuelo, bahía Soberanía, Punta Calvario, Golfo de Penas, Puerto Edén, Islas Desertores, Isla Perpetua…) lugares donde solo habitan desertores y traficantes de pieles.
También están los extraños nombres de la jerga marinera, que abundan en sus relatos sin impedir la naturalidad de la narración, la descripción de los elementos marinos (Caña de timón, estar a la cuadra, esquife, eslora, pescantes, escandallo, amura de babor, singladuras, cofa, chalana…etc.) ayudan a dar el tono tan particular y ese sello inconfundible en su obra. Estos argumentos predisponen desde ya a la aventura de sumergirnos en sus libros, una invitación extendida con estas palabras resulta imperdible.
Se ha dicho que Coloane es de escritura fácil, que no es un “esteta”. Argumentos simples, sin asidero. Coloane es un esteta, y creo una estética tan original dentro de las letras chilenas que ya no será igualada. Sus relatos pertenecen a un mundo donde aun existían regiones inexploradas, un mundo habitado por la crueldad del hombre contra su entorno.
Su “escritura fácil” ha logrado crear imágenes tan perdurables en la mente de los jóvenes, que aun siguen provocando un ligero temblor en los que se atreven a iniciar la lectura de sus soberbios cuentos.
Coloane fue póstumamente reconocido en Europa, se le lleno de elogios y premios.
Después de una vida dedicada al arte de narrar la vida en la parte mas extrema y olvidada de nuestro país, de ser un luchador incansable de la dignidad del hombre, de quedarse en nuestro país en los oscuros días de Pinochet, liderando la lucha por los derechos humanos, de ser un sobreviviente a la nueva crueldad que se impuso esos días, su obra renace para los lectores del viejo mundo con la fuerza de una tempestad, el choque de dos océanos en el estrecho de Magallanes.
Una anécdota lo retrata de cuerpo entero.
En una entrevista para la televisión francesa poco antes de su muerte, pude ver al imponente escritor, con su alta figura barbuda, de capitán de navío ballenero, relatar con total tranquilidad la manera correcta de capar un corderito con los dientes. En gestos bastante gráficos el escritor explicaba al publico francés la técnica para cortar la membrana escrotal del animalito, evitando que este se desangre. Para luego beber ese liquido oscuro, aun tibio.
Me reí un buen rato de solo imaginar las expresiones de los franceses ante la escena.
Y me sentí orgulloso de saber que ese anciano de blancas barbas es nuestro, es chileno y uno de nuestros escritores mejor dotados.

miércoles, 23 de abril de 2008

Un amor trágico en París, vida de Modigliani

El 25 de enero de 1920, una mujer en su último mes de embarazo, una joven y bella mujer, se lanza al vacío desde la habitación que ocupaba junto a sus padres en Paris.
Jean Hebuteme decide terminar de esta manera con su vida, luego de enterarse que su amante y el padre de la criatura que llevaba en el vientre, había muerto el día anterior, aquejado por la tuberculosis.
Amedeo Modigliani había ingresado a la inmortalidad, sin adivinar el triste fin de su amada Jean. En la más absoluta miseria, el cronista de los barrios de Montmartre y Montparnasse se despedía para siempre. Jamás se enteraría de que su obra estaría entre las más cotizadas en el arte del siglo XX, y que su nombre quedaría inscrito para siempre como uno de los grandes maestros de la modernidad clásica. La leyenda trágica del gran solitario comenzaba

En los primeros años del siglo XX, París era la capital del mundo, la ciudad exhibía orgullosa sus bulevares diseñados por el brillante arquitecto Haussman. Iluminada por 10.000 faroles y más de medio millón de bombillas, la reciente energía eléctrica convertía a París en la ciudad Luz. En 1900, sus habitantes inauguraban la Feria Mundial, irradiando conocimiento sobre el planeta.
Antes de la guerra, París era el lugar de encuentro de personalidades fascinantes de diferente procedencia. Los barrios pobres de Montmartre y Montparnasse se convirtieron en una colmena donde habitaban literatos, músicos y pintores venidos desde todo el mundo. Pronto estos barrios que habían sido inmortalizados por Toulouse Lautrec volvieron a renacer de la mano de artistas como Picasso, Juan Gris, Chagall y varios otros que dieron nueva vida a los cafés y teatros de estos barrios bohemios, llenando el ambiente de intelectualidad.
En este escenario se gestaba la segunda etapa de la modernidad. Los tres postimpresionistas fundadores de la época moderna: Van Gogh, Paúl Gauguin y Cezanne, habían muerto hacia poco.
El estado francés adquiere ese año la obra “El almuerzo sobre la hierba” de Edouard Manet, que había sido acusada el año 1863 de escandalosamente moderna. El ambiente estaba preparado para las nuevas tendencias, la modernidad se respiraba en cada esquina.
Este es el escenario al cual llega el pintor italiano Amedeo Modigliani en 1906.
Modigliani había nacido en el seno de una familia acomodada en Liorna, en la provincia de Toscana, el 12 de julio de 1884.
Su madre era una amante de la literatura y hacía traducciones de los poemas de D´annunzio. Criado en un hogar culto, el pequeño Amedeo se mueve entre los libros y el arte.
A los 14 años enferma de tifus y decide en ese instante convertirse en un artista.
Se matricula en la escuela de arte de Liorna, y desde ese momento no escatima salud ni enfermedad para lograr su obra. Su formación transcurre entre joyas del arte, recorre Italia absorbiendo toda la belleza y genialidad de los pintores italianos.
En Venecia se inscribe en la “Scuola libera di nudo”, en Florencia y en Roma el joven artista se empapa de belleza y estudia el arte de su país natal.
Esta es la base de su estética, sin realizar trabajos propios durante esta época, se limita a admirar las formas llenas de belleza y armonía del periodo clásico. Lo que ve, se convertirá en modernismo clásico, una versión elegante y estilizada unida a las nuevas tendencias, conformaran su sello personal.
Picasso inauguraba el cubismo, con las Desmoiselles d´ avignon.
La vanguardia comienza con esta pintura, y pronto Picasso será seguido por otros artistas.
Modigliani instalado ya en París, se dedica a pintar retratos de sus conocidos mientras deambula por los bares y cafés de Montparnasse, convirtirtiendose en una figura popular y querida.
El antiguo arte del retrato estaba en retirada, debido en parte a la evolución de la fotografía, por lo que la pintura perdió algo de su función representativa. Amedeo será el único autor de la modernidad clásica que retoma esta antigua disciplina, convirtiéndose en un cronista certero del París anterior a la guerra.
La función de un retrato es revivir a una persona, a condición de un cierto parecido. El artista se funde con el retratado, alimentándose mutuamente. Modigliani a través de los años llegará a desarrollar un fino sentido estético en este arte, que serán su sello personal. Los ojos almendrados, en ocasiones asimétricos, pero que sin embargo no dejan duda sobre el estado de animo del representado, la elegante estilización de los rostros, la grafía pictórica aprendida de los maestros renacentistas. Modigliani coloca el nombre de los representados en una esquina del cuadro, con particulares letras desiguales, poniendo con este sencillo acto distancia entre el retratado y el artista.
Modigliani les vacía un ojo, les alarga el cuello, los deforma con elegancia, deja en evidencia la asimetría de los modelos, y aun así son perfectamente reconocibles. Así los ve, así los pinta, embelleciendo sus defectos, estilizándolos. Con el tiempo privilegiara la fisonomía por sobre el carácter de los retratados.
Pero finalmente todo cambia, estalla la guerra y la sucesión de tragedias cambia la vida de todos en París. Enrolamientos, emigración, huida. Modigliani se queda en París, se supone que fue rechazado en las filas, debido a sus pies planos, y vuelve a retomar el óleo, que había abandonado durante un tiempo, dedicado a al escultura.
Es durante los primeros años de la guerra que su fama de gran solitario se acrecienta.
Podemos imaginar al pintor, en un París vacío, bebiendo y pintando todo el día. Existe una seción de fotografías en la que el pintor aparece paseando junto a un grupo de artistas en la rotondé de Montparnasse, en plena guerra.
Beatrice Hasting, una periodista londinense especializada en arte, describe su encuentro con un Modigliani sucio y feroz, un bohemio fatalista, pero que unos días mas tarde vuelve a encontrar, esta vez afeitado e irresistible, un cerdo y una perla dirá la escritora más tarde. Seducida por el pintor, vivirá con él un tormentoso romance.
A pesar del alto grado de estilización, Modigliani no es aceptado entre los artistas de primera línea, y sin embargo, todos le conocen y se dejan retratar por el.
Gracias a Max Jacob conoce al marchante en arte Paul Guillaume, que posee una galería en donde exponen artistas rusos. Guillaume se convertirá en su mecenas más importante, a pesar de lo cual nunca le organizó exposiciones individuales. Pero le compra y vende sus cuadros, dando su apoyo decidido al artista. Luego conocerá a Leopold Zborowski, quien será su más grande admirador y se convertirá en su mejor amigo, hasta el final. Se dice que era Leopold quien le contrataba las modelos y le compraba el óleo necesario, como un gesto de ayuda altruista.
En diciembre de 1917, Modigliani tuvo la única exposición individual de su vida, realizada en la galería de Berthe Weill, amiga de Zborowski. Allí expuso sus ahora famosos desnudos, mujeres levemente ensoñadoras, con los ojos entornados, reposando gráciles en amplios divanes.
La leyenda cuenta que Modi (así le llamaban sus amigos) no solo se limitaba a su papel de retratista, sino que terminaba con sus modelos en el mismo lecho donde las pintaba, historias como esta elevaron al pintor a la categoría de mito desgraciado, sus relaciones turbulentas, el uso de drogas y su alcoholismo lo convirtieron en un icono del artista mujeriego y lleno de excesos, una cualidad de los espíritus altamente apasionados.
Estos detalles parecen contradecirse con su obra, un trabajo elegante y una obra dedicada y comedida, en contraste con su vida desenfrenada.
Sus desnudos alcanzaron la mayor estilización en su obra, fruto de una mirada educada en la historia del arte, que venia desarrollando desde sus escapadas por Italia durante su juventud.
Sus desnudos son un ejemplo de sobriedad y atención sobre la forma, los frágiles cuerpos de color anaranjado, dibujados cuidadosamente, formando el contraste con la sobriedad del fondo, el espacio en que reposan es de una tranquila sencillez, apenas una sabana, a veces un gran cojín son todo el decorado de sus pinturas, que impiden distracciones y nos obligan a concentrarnos sobre esas delicadas mujeres.
Estas mujeres se proyectan al espectador con los ojos muy abiertos y en ocasiones entornados, reflejando una sutil lujuria.
Modigliani nos muestra su mundo interior, mientras el real se desgarra en una terrible guerra, el nos muestra esos delicados cuerpos descansando ensoñadores y relajados, ajenos a la carnicería que se vive en las trincheras. Son un duro contraste frente a los miles de heridos y mutilados que llegan cada día desde el frente, es su forma de enfrentar la barbarie diaria, y su propia destrucción. Su salud ya en ese tiempo no anda del todo bien y el la enfrenta a esos cuerpos sanos e ilesos.
Dedicó todo el año 1917 a pintar estas obras, y solo volvería al tema en forma esporádica.
Durante 1918, París sufre el cuarto año de guerra, la población es evacuada y se restringen los suministros. Todo el mundo abandona la ciudad, también el pintor, acompañado del matrimonio Zborowski y de una joven estudiante de arte, Jean Hèbuterne, una joven de exótica belleza. Quienes la recuerdan la describen así: Suave, callada y frágil, un poco depresiva.
Obligado a una estancia en la Costa Azul, Modigliani pinta ahí sus obras más populares y cotizadas. Son retratos de gente anónima, campesinos, mujeres de mundo y criadas delgadas, y por supuesto a su nueva musa. Jean es retratada durante este periodo unas 25 veces, en una etapa que abarca los dos últimos años del pintor.
La forma de pintar en este tranquilo retiro se transforma, el particular colorido, otro de los sellos inconfundibles en la obra de Modigliani, se hace más claro y luminoso.
Durante su estancia en Niza, Jean da a luz a la pequeña Jeanne, quien más tarde se convertirá en la más destacada biógrafa de su padre.
El artista que dedico su vida a representar a otros, solo se retrato en una ocasión, en 1919. Se le puede ver mirando al espectador, con la mirada entornada y vaga, vestido con una chaqueta de paño café y un gran pañuelo alrededor del cuello, y en su mano derecha la paleta con los colores que caracterizaron sus últimos años, una paleta de alegres colores que sin embargo no eran los de su estado de animo.
Se ha dicho que fue el gran pintor del dolor, pero lo cierto es que Modigliani vivió en consecuencia, una vida desenfrenada y libre, llena de pasiones y amores, pero sobre todo, dejando tras de si una obra inmortal y maravillosa.
El 24 de enero de 1920 muere en la Charité de París, a consecuencia de la tuberculosis, su cuerpo descansa en el celebre cementerio de Père Lachaise, junto a su amada Jean.

domingo, 13 de abril de 2008

Romeo Murga, el poeta adolescente

El joven que aparece junto a Neruda en la sórdida pieza que vemos en la fotografía, es Romeo Murga, el poeta adolescente.
Esa miserable habitación representa el mundo de los poetas de la generación literaria de 1920, ahí están dos de aquellos jóvenes poetas de ese tiempo, las dos caras de una época única en la poesía chilena. Neruda, la cumbre de esos escritores y Romeo Murga, el poeta arrebatado por la muerte demasiado temprano.
Al ver esta imagen, que nos parece tan lejana, no podemos dejar de preguntarnos si esa miserable pieza es la de Maruri, la pensión de pobre inmortalizada en Crepusculario, “la del maravilloso crepúsculo de cobre”, o quizás la paupérrima habitación de García Reyes, cercana a la escuela de pedagogía en Cumming esquina Alameda.
Romeo Murga nace en 1904, en Copiapó. En 1920 realiza el viaje bautismal de los adolescentes provincianos a santiago. Viene a convertirse en maestro y se inscribe en la escuela de pedagogía, lugar en que se estaba gestando la generación de recambio en la poesía de nuestro país. Ahí conoce a los espíritus cercanos, los inolvidables amigos y compañeros junto a los cuales dejaría una huella imborrable en la historia literaria de Chile: Pablo Neruda, Armando Ulloa, Rubén Azocar, Eusebio Ibar, Víctor Barbieris, Yolando Pino Saavedra y varios mas.
Pronto se revela dueño de una sensibilidad poética singular y fina, Sus versos contenidos y dignos, su poesía solemne y medida, eran el reflejo de su propia melancolía. “Alto, excesivamente delgado, de rostro moreno, pálido y de ojos verdes. Hablaba poco, reposadamente, preocupado de algo que no era de este mundo” así lo describe el escritor Gonzáles Vera. Pero todo contrastaba con la desbordante pasión que sugería veladamente en su poesía, la lucha entre sensualidad y castidad, una característica del poeta Paúl Verlaine, y que Murga tomaba adaptándola a su obra. Era ligeramente triste, callado y melancólico, imagen que corresponde, convencionalmente por cierto, a lo que debía ser un poeta.
Eran los años de algarabía estudiantil, de huelgas y discusiones políticas, de la mítica revista “Claridad”, fundada por el también legendario Alberto Rojas Jiménez. Igualmente era el tiempo en que la bohemia se vivía cada día y cada noche en el “Zum Rheim”, en el “Hércules”, en la “Ñata Inés”, y en muchos bares y tabernas que ya entraron en la historia literaria de chile y que son parte importante para comprender el modo en que inventaron una generación marcada por la amistad y la muerte, ligada íntimamente a la noche y los excesos.
Muy pronto Romeo Murga comienza a escribir en las revistas de la época, particularmente en “Claridad”, donde participaban la mayoría de sus amigos. Traducciones, critica, poesía. Por las noches bohemia y fraternidad, junto a esa generación consumida por las pensiones y dilapidada en los bares. Pero algunos poetas llevan estampada en la frente la palabra mala suerte, con caracteres invisibles, y varios de ellos fueron silenciados por el alcohol y la miseria.
“amar, leer, escribir” estas eran las palabras con que suplían sus escasos y frágiles momentos de alegría, sabiendo que no podían pedir mas, solo entregar su profunda sensibilidad.
“mis alegrías nunca las sabrás hermanita, y mi dolor es ese, no te las puedo dar: vinieron como pájaros a posarse en mi vida, una palabra dura las haría volar” escribe Neruda en ese tiempo.
En 1923 Romeo Murga obtien el primer premio en la fiesta de la primavera, por su “Poema de fiesta”. Un triunfo en sus últimos años de estudiante y en el comienzo de su labor como profesor en el liceo de Quillota, su vuelta a la provincia.
El profesor adolescente enferma de tuberculosis (enfermedad que se había convertido en el flagelo clásico de los poetas) mientras cumple su labor en Quillota.
Obligado por el padecimiento debe abandonar el puesto y busca mejores aires en el apacible pueblito de San Bernardo. Se instala junto a su madre y hermana, que le demuestran verdadera devoción y lo cuidan con esmero.
San Bernardo a esas alturas tiene una innegable connotación literaria, unos años antes de la llegada de Murga, se había instalado una colonia “Tolstoiana”, liderada por Manuel Magallanes Moure. También el maestro del cuento social, Baldomero Lillo, había llegado a morir entre su gente
“Mi madre esta diciendo que me muero de fiebre / no es verdad, hoy he viajado por ciudades remotas / quizás dentro de poco mi espíritu se quiebre / por este mar donde llevo mis alas rotas” así escribe el poeta durante su convalecencia.
Estremece oírlo hablar así en su enfermedad, en sus ultimas fuerzas recuerda al “albatros” de Baudelaire, espejo de los poetas que quieren abandonar un mundo donde no tienen cabida.
El poeta adolescente esta muriendo, y su poesía sigue siendo el mismo canto esencial que revolucionaron la poesía moderna, los temas eternos: el amor, los celos, la muerte. que tomara de la inspiración de Rimbaud y Baudelaire.
La hermana relata sus últimos momentos, nos cuenta que esperó tranquilo el fin, dictó sus últimos versos y aceptó una muerte que no ambicionaba, pero que finalmente vendría a poner fin a sus desgracia. Una muerte digna de un poeta, de un ser que apareció silencioso entre su generación, iluminando por un breve instante con la lámpara de sus versos la vida de aquellos jóvenes marcados por el infortunio y el desconsuelo.
Romeo Murga aun no cumplía los 21 años cuando se extinguió su canto, el 22 de mayo de 1925, una tibia tarde de otoño, la estación amada por el poeta adolescente.
El escritor Ángel Cruchaga lo recuerda y rinde un homenaje elegiaco, en uno de sus “poemas al pueblo de san bernardo”
“aquí vino a morir Romeo Murga, / pálido joven de cristal herido. / aquí oyó un horizonte / de pájaros creando la mañana/ y entre sus manos la canción caía/ como calida esencia derramada.”
21 años después de su muerte, su hermana Berta, depositaria de su obra, decide publicar su obra fundamental, “El canto en la sombra”. Por este libro podemos medir el alcance de la poesía de Romeo Murga, entrar en su mundo y ver el mundo desde su estetica, palpar el clima de esos años con la melancolía de un poeta adolescente, y sentir por única vez, como fueron esos años de privaciones, donde se desarrolló la poesía mas cercana al ideal romántico en nuestro país.

“toda mi poesía, oh amada, no es mas que eso/ el vasto nombre ardiente de amor con que te llamo. / Estas en mis cantares, bella y eterna y sola. / mostrando tu divino modo de ser hermosa. / ¡las que se inclinen sobre mi río de canciones/ solo verán al fondo tu imagen temblorosa!"

Mi voz no es mas que el eco” de El canto en la sombra