domingo, 11 de mayo de 2008

Coloane

Se dice que un buen relato es el que deja un par de imágenes grabadas a fuego en la mente del lector. El cuento “Cinco marineros y un ataúd verde” del escritor Francisco Coloane proporciona una de las imágenes mas poderosas que un narrador chileno ha podido plasmar en un cuento. La insólita visión de cinco marineros transportando un ataúd de color verde, para llevarlo a un cementerio en una de las ciudades mas australes del mundo, sin transeúntes y en medio de un paisaje tan desolado y frío que aplaca el alma.
Es sin duda una imagen que no deja de sorprender y que son descritas como inolvidables por el lector dotado de una razonable imaginación.
Francisco Coloane nació en el pueblito de Quemchi, en la isla de Chiloe en 1910.
Antes de convertirse en el escritor dotado de una imaginación tan excepcional, que lo llevo incluso al premio Nacional de Literatura, Coloane se dedico a los mas variados oficios en los paisajes australes que llegó a conocer como pocos.
Fue pastor en una de las grandes haciendas de Tierra del Fuego, buscó petróleo en las frías aguas del estrecho de Magallanes, vivió y hasta se convirtió en un cazador de focas en los estrechos canales del sur, ahí donde el territorio se dispersa como un espejo quebrado en mil fragmentos.
Es en estas desoladas regiones donde se ambienta la acción de sus relatos y donde el escritor crea la particular atmósfera de sus cuentos. No le pedimos a un escritor que nos cuente lo que ha visto, pero Coloane convierte este elemental hecho en su mejor arma al momento de narrar. La precisión de su prosa es producto de la propia vida, de sus correrías y aventuras en la región austral.
Los elementos esenciales de un buen cuento están dosificados con armonía, de forma clara y sencilla en la prosa de Coloane.
El latido, el pulso narrativo esta dado en sus relatos por la singular y estrecha relación que une al individuo con el majestuoso escenario de las regiones australes de Chile.
Obligado a luchar contra el inclemente y soberbio paisaje, el hombre se convierte en un gigante que debe agotar sus recursos para sobrevivir en medio de tanta soledad y las crueles condiciones a que obliga la vida en esos parajes.
No es casual entonces que en sus relatos pululen bandidos, cuatreros, inescrupulosos cazadores de focas, mercenarios europeos atraídos por el brillo del oro en los lavaderos de tierra del fuego, presidiarios sanguinarios escapados de Ushuaia; la cárcel mas cruel en el confín del mundo, mestizos e indios obligados a las peores faenas en las estancias magallánicas, esforzados pescadores desafiando día tras día uno de los mares mas turbulentos del planeta.
Pero Coloane no se queda en esto, crucial es en sus relatos la creación del clima.
El lugar donde respiran sus personajes esta descrito magistralmente, sin decorados ni distracciones de ningún tipo, con un equilibrio y claridad que son un ejercicio brillante de destreza narrativa, el escritor deja solo lo esencial para la comprensión del relato.
Tomemos este ejemplo de “Cinco marineros…”: “Las calles estaban nevadas y los marineros tuvieron que marchar con cuidado, pisando inseguros, lo que le daba un cierto vaivén a sus hombros y al ataúd, cuyo verde color hacia recordar un trozo de mar llevado en hombros de esos marineros”, solo basta esta frase resaltada para comprender de un plumazo la desolación y tristeza del momento descrito.
Es difícil resistirse a la lectura de sus cuentos, Coloane atrapa desde la primera línea.
“Entre ola y ola nuestro barco se recostaba como un animal herido en busca de una salida a través de ese horizonte de lomos movedizos y sombríos”.
Pero comenzar de manera tan eficiente obliga a mantener la tensión en el relato, y mucho mas a concluirlo de igual forma.
Un cuento no puede desmayar durante su proceso, cosa que la novela puede y debe permitirse.
Coloane ha sido llamado el Jack London chileno, quizás por la relación entre el hombre y su entorno, que también es una de las claves en la obra del escritor ingles.
Hay otro detalle que dota de esa belleza tan característica a los relatos del narrador austral, lo bellos nombres de esas regiones frías aportan resonancias misteriosas y secretas, nombres que evocan olvidadas gestas, rodeadas del halo de peligro y audacia que tanto atrae al lector de aventuras.
Nombres hermosos, estremecedores, enigmáticos (el seno de Ultima Esperanza, Puerto Consuelo, bahía Soberanía, Punta Calvario, Golfo de Penas, Puerto Edén, Islas Desertores, Isla Perpetua…) lugares donde solo habitan desertores y traficantes de pieles.
También están los extraños nombres de la jerga marinera, que abundan en sus relatos sin impedir la naturalidad de la narración, la descripción de los elementos marinos (Caña de timón, estar a la cuadra, esquife, eslora, pescantes, escandallo, amura de babor, singladuras, cofa, chalana…etc.) ayudan a dar el tono tan particular y ese sello inconfundible en su obra. Estos argumentos predisponen desde ya a la aventura de sumergirnos en sus libros, una invitación extendida con estas palabras resulta imperdible.
Se ha dicho que Coloane es de escritura fácil, que no es un “esteta”. Argumentos simples, sin asidero. Coloane es un esteta, y creo una estética tan original dentro de las letras chilenas que ya no será igualada. Sus relatos pertenecen a un mundo donde aun existían regiones inexploradas, un mundo habitado por la crueldad del hombre contra su entorno.
Su “escritura fácil” ha logrado crear imágenes tan perdurables en la mente de los jóvenes, que aun siguen provocando un ligero temblor en los que se atreven a iniciar la lectura de sus soberbios cuentos.
Coloane fue póstumamente reconocido en Europa, se le lleno de elogios y premios.
Después de una vida dedicada al arte de narrar la vida en la parte mas extrema y olvidada de nuestro país, de ser un luchador incansable de la dignidad del hombre, de quedarse en nuestro país en los oscuros días de Pinochet, liderando la lucha por los derechos humanos, de ser un sobreviviente a la nueva crueldad que se impuso esos días, su obra renace para los lectores del viejo mundo con la fuerza de una tempestad, el choque de dos océanos en el estrecho de Magallanes.
Una anécdota lo retrata de cuerpo entero.
En una entrevista para la televisión francesa poco antes de su muerte, pude ver al imponente escritor, con su alta figura barbuda, de capitán de navío ballenero, relatar con total tranquilidad la manera correcta de capar un corderito con los dientes. En gestos bastante gráficos el escritor explicaba al publico francés la técnica para cortar la membrana escrotal del animalito, evitando que este se desangre. Para luego beber ese liquido oscuro, aun tibio.
Me reí un buen rato de solo imaginar las expresiones de los franceses ante la escena.
Y me sentí orgulloso de saber que ese anciano de blancas barbas es nuestro, es chileno y uno de nuestros escritores mejor dotados.